Déjà vu encriptado

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El freno no respondía.  Los autos se abrían para no golpearlos. El limpia parabrisas dejó de funcionar y la lluvia imposibilitó ver lo que tenía al frente. Un golpe seco me hizo saltar de mi cama. Hubo un largo silencio. Temblaba, pero estaba a salvo. Me preparé un café; era lunes. Me vestí  y cargué mi maletín. Encendí el auto varias veces , pero se apagaba.  Me recosté en el asiento rendido y  cerré los ojos. Me rodeaban doctores y bomberos que gritaban mi nombre. Golpeaban mi pecho, y alumbraban mis ojos con una luz amarilla,  sujeté el  brazo de uno de ellos.  Era mi esposa, la había despertado de su  profundo sueño. Se acercó, me besó y  tocó mi  frente. Ya pasó, me dijo al oído.

Estaba asustado, pero ya más tranquilo, retiré las sábanas y no pude ver parte de mi cuerpo.  Desperté  y caí de las muletas.

Cristina

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Era una gran cruz de madera que teníamos  al frente. Yo me quedé algunos metros atrás, mientras fumaba un cigarrillo. El cielo estaba estrellado y  la luna se asomaba por las montañas. Ella miraba la cruz, parecía que rezaba. De un momento a otro, alzó  sus brazos quedando perpendiculares a su cuerpo, la luna se dejó ver en todo el horizonte y un vientecillo levantó sus cabellos. Desde donde yo me encontraba se proyectó una imagen religiosa e impactante, erizándome  la piel. Luego  encendió un cigarrillo. Me acerqué. Me abrazó. Te amo, me dijo al oído.  La besé en la frente y me hizo saltar de dolor. Nos quedamos mirando la cruz abrazados, mientras me quitaba dos espinas de mi labio.

Cambio de Estado

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El agua es vida,  pura y sin pecado.   Cada gota de lluvia se mezcla en las alturas con los fríos manantiales. Su frescura y pasividad  atraviesan montañas; se deslizan por sus faldas y se encausan  casi de forma  vertical  a gran velocidad para limpiar su   camino de maleza, piedras y rocas; a lo lejos un ensordecedor ruido alerta a la población que huye desorientada;  luego la  golpea e inunda hasta ocultarla.

Algunos lloramos,   y nuestras lágrimas se unen al torrente  turbio que sigue su curso devastador hasta llegar al  mar, mientras  unas nubes negras vuelven a ocupar el cielo de las montañas para  nuevamente llorar.