Longevo

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“La vida se pasa en un abrir y cerrar de ojos”, es lo que siempre les comento en los almuerzos familiares a mis incrédulos  tataranietos.

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Eucaristía

Era domingo y aún no tenía ganas de conversar. Tomaba café y preparé un pan con salchicha. Prendí la tele, sintonicé un canal religioso.

El pan es el cuerpo de Jesucristo y el vino es la sangre de nuestro Dios Padre, comentaba el párroco en plena eucaristía.

Reflexioné en lo que acababa de escuchar, y me atreví a comer, sólo,  el pan.

Los dos pies

 

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No pude dormir más. El ruido provenía del pequeño almacén, al fondo del  jardín. Salí. Estaba con  lámpara en  mano y descalzo. Iluminé mis pies, ambos cubiertos de lodo.  La cadena estaba en el suelo. Empujé la puerta. La luz  penetró al recinto, partículas de polvo revoloteaban el halo de luz. Los viejos muebles de mi padre seguían cubiertos por sábanas. Algo corrió tras el viejo piano y alumbré siguiendo el ruido.  Ratas o gatos, nunca los dos, me dije.  Alumbré. La silla de ruedas de mi padre la tenía al frente. Ésta giró y vino lentamente hacia mí. Quién la había movido , pensé. Me persigné. Cogí una sabana del suelo, y cubrí la silla, pero ésta  tomó forma de un hombre de mediana estatura, pues la cabeza cubierta por la sabana posaba a  la altura del respaldar. Se acercó más. Iluminé a la altura del  pecho  y la luz lo atravesaba.  Pasé saliva. Se levantó y parte de la sabana quedó enganchada en la rueda,  ésta fue deslizándose hasta quedar en el suelo. No había nadie.

Abrí los ojos.  Estaba en mi cama, miré el techo por un momento. Me levanté, y fui hacia la ventana. Hacía frió. El único ruido que escuchaba, eran de insectos y  lechuzas; un indicio de que todo andaba bien.

Debo estar con fiebre, pensé, pues sentía una punzada en el pecho. Prendí la luz del baño y  miré el espejo de cuerpo entero y fue en vano; dos pies cubiertos de barro eran el único reflejo.

Despedida

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Cumplimos  10 años de casados y no le compré nada.   Bueno, hace ya varios años que no le he regalado algo.  Él en cambio, me ha sorprendido todo este tiempo con:  flores, anillos y  collares.  Eran cerca de las 11 de la mañana, y  no se había acordado de nuestro aniversario. Debe ser por lo tarde que regresamos ayer de la casa de unos amigos.

Estaba entretenida mirando televisión, aunque esta vez, sin cerveza y dándole la espalda. Me acarició.  Ahora no Carlos, dije.  No insistas, pueden escucharnos los chicos, complementé. A pesar de ello,  sentí que se pegó a mí.  Acarició mi cabello y cuello, cerré los ojos. Estaba agitado; me besó muy cerca del oído.  No sigas, dije. No mencionó ni una palabra.   Busqué algo en la televisión que le interese y encontré el noticiero del medio día. A pesar de eso, volvió acariciar  mi espalda,  haciéndome circulitos. Nuevamente sentí su calor.  Respiró cerca del oído y dijo algo que no comprendí.  Sonreí,  sin mirarlo.  No quise seguirlo.  

El conductor del noticiero,  era gordo como él, bigote blanco y ralo. Leyó los titulares, pero no me interesaron,  hasta que mencionó el nombre de Carlos, y sobre el  accidente  que acababa de suceder muy cerca a la florería. 

La caseta

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Volvió a pasar, tal como ayer en la noche. El vigilante, tenía la humilde función de abrir la puerta a proveedores que dejaban facturas en el viejo almacén pesquero. El desorden y abandono se había apoderado de su pequeña caseta: revistas pornográficas, periódicos y un apilado de platos sucios.

¿De qué empresa viene? Muestre su identificación, se escuchaba en la oscuridad, mientras  abría la puerta del almacén. Cogía las facturas y sellaba tan fuerte que hacia remecer la caseta. Luego daba sorbos desesperados a su café frío y se calmaba.

Así se pasaba toda la noche, entre sonidos de papeles, golpes y sorbos. En uno de sus golpes, topó la taza y manchó con café las facturas, éstas cayeron al suelo.

¡Maldita sea! ¡Carajo!, vociferaba.

Cogió su bufanda y limpió los papeles desde el suelo.

Sonó nuevamente el timbre. Pero él desde la posición que se encontraba, hablaba por el intercomunicador.

¿De qué empresa viene? Hola… ¿De qué empresa es? Hola… ¡Hola! ¡¿De dónde carajo es?!

Nadie contestó.

El viejo cascarrabias se desamarró las botas y las estrelló contra los cristales. Tiró las facturas y revistas del escritorio mientras daba sorbos pronunciados para tranquilizarse.

Hoy volví a entrevistar a un vigilante para que trabaje en esa caseta, pero cuando nos acercamos, los golpes espantaron también, a este décimo postulante.