Ley de la atracción

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Vamos,  tú puedes, eres la mejor del equipo, le dije.   Me gusta verla sonreír, aunque sean pocas veces al día. Muy temprano, cuando recién llega,  toma pastillas de colores, me dice que son vitaminas, al rato la veo dormirse en su escritorio. Por la tarde, se encierra en su auto y fuma media cajetilla. Luego se perfuma y sale a visitas. Muchos de la oficina buscan temerosos hablar con ella. Depende de cómo se encuentre.  A veces nos quedamos hasta tarde resolviendo problemas o realizando llamadas a sus prospectos más difíciles, no tengo problema en hacerlo, sólo lo hago con ella.  Cuando la entrevisté,  hace más de cuatro meses,  me comentó que quería  ganar mucho dinero. Ahora gana más que yo. Vende bien, aunque  se derrumba fácilmente  cuando las cosas no le salen. Se acerca a mi escritorio molesta para  contarme  que no llegará a su meta. Yo la miro, y le sonrío.  Cambia tu forma de ver las cosas, piensa en positivo, le digo. Predicaba lo que no practicaba, pues yo,  había tenido más fracasos que alegrías.

Estudié literatura durante cinco años en la Universidad Nacional de San Marcos, y terminé trabajando en ventas. Escribía cuentos desde el colegio y había participado en varios concursos; nunca gané alguno. Una vez quedé entre los 5 finalistas, pero  al final,  el premio se lo llevó  un menor de edad. Igual  escribo, sobre todo, cuando tengo tiempo. Era consciente que mi futuro no era la escritura, por eso ingresé a este trabajo, en donde también  me va mal. Con el dinero que gano, no me alcanza para vivir, pido préstamos y veo la forma de pagarlos. Así pues, con la experiencia de mis fracasos, trato de visualizar una luz en la oscuridad o buscar vida en los cementerios, pero lo único que encuentro son muertos en la oscuridad.

Una vez, pedí que me acompañe a tomar un café. Nos sentamos en sección fumadores. Nuestra conversación fluía. Nos reíamos. Comenté que estaba  muy contento con su trabajo, pero  recalqué sobre  su modo de ver las cosas, es decir, su pesimismo.  Cité algunos ejemplos y entendió. Le recomendé varios libros  de auto ayuda que podrían servirle, aunque sabía para mí,  que era basura impresa. Me acerqué y le di una entonación muy especial a mis palabras: ” Nosotros, los seres humanos,  estamos hechos de  lo que pensamos la mayor parte del tiempo; si nosotros tenemos pensamientos de éxito seremos exitosos”.  Sus ojitos color caramelos me miraron distinto, eso lo pensé cuando salimos del lugar.

 

Una noche apareció en mi mente,  mientras manejaba mi  escarabajo del  78.  Recordé el brillo de sus ojos y las pecas diminutas de su pequeña nariz. Regresaba de la casa de Emilia, mi novia.  Vivía en San juan de Lurigancho; el culo del mundo. Había ido sólo por cumplir. Sus tíos hacían bromas y chistes que no me interesaban, además,  no los entendía. Sus primos más pequeños, todos con lentes, idiotizados mirando sus celulares, reían solos, y no hablaban con nadie. No me despedí, sólo de Emilia. Regresé por toda la avenida Tacna, luego ingresé por una calle oscura; Quilca, la  más bohemia de Lima,  donde viven y beben hasta altas horas de la noche, poetas y escritores. Hace varios años,  cuando estudiaba en la  universidad, terminábamos tomando en el Bar Queirolo; recitábamos poemas y hablábamos de literatura; con el Maestro Oswaldo Reynoso y  Miguel Ildefonso.

Luego entré a una calle angosta y asfixiante. Olía a Orina.   Parecía el infierno. Botellas  rotas en el suelo y basura amontonada en las calles. Un travesti   curioseaba los autos.  Se apoyaba  en una cabina telefónica y abría  su abrigo, mostrando su cuerpo desnudo, la piel morena contrastaba con  la  peluca rubia. Era musculoso  y sus facciones no lo ayudarían en este negocio.   Encendí un cigarrillo. A media cuadra,   vi más  travestis, eran como seis,   todos desnudos,  discutían con la policía municipal, el más retaco de los municipales no dejaba de mirarle el culo al  más alto. Le di cuatro caladas y lo tiré por la ventana. Una señora salió de una de las casas que parecía haber sido bombardeada, dio una calada, y al mirar por  el retrovisor, levantó  su mano, de agradecimiento.

Estaba cerca de casa y encendí otro cigarrillo. Me estacioné. Dos tipos estaban afuera sentados en la vereda,  no los conocía, llevaban  una botella,  se la iban pasando cuando le daban un buen sorbo. No entendía lo que decían. Uno volteó y miró. Desvié la mirada para evitar discusiones. Entré a mi habitación.  Se la  alquilaba a una vieja que confiaba mucho en mí. A veces nos quedábamos conversando en la cocina y hablaba de su familia, varios de sus sobrinos por parte de su padre, habían sido poetas desconocidos,  aunque al final, los  llegas a conocer en exposiciones y presentaciones de libros, donde son el centro de atención, pero cuando están en la calle son repudiados y olvidados, parecen no existir, los ven solo los poetas, luego  se sientan al fondo del bus y abren sus libros y vuelven a ser ellos. Son los típicos que caminan con un morral,  desaliñados,  barbudos,  con cafarenas “Jorge Chávez” y boinas, transitan por Barranco y el Centro de Lima. Una vez no le pagué el alquiler por más de 12 meses, nunca me hizo problema. Me apoyaba en ese sentido, pues  todos los fines de semana la llevaba al mercado de Surquillo para hacer compras, la esperaba en mi auto, mientras ella llenaba su canasta de verduras y frutas. Cuando llegaba temprano del trabajo, me tocaba la puerta para tomar café y fumar cigarrillos. Era una anciana de ochenta y tantos años, su esposo había sido del ejército y había fallecido en la época del terrorismo.

Prendí la luz, mis libros estaban esparcidos en la cama y el piso, la computadora seguía prendida, había estado escribiendo temprano, pero por el apuro, no la apagué. Al desbloquearla  vi una gran hoja en blanco, me dio flojera escribir, hace varios meses que no escribía, siempre tenía un pretexto para no hacerlo. O era el trabajo, o cansancio, o eran las malditas redes sociales.  Me desvestí y prendí la radio. Sonó “All you need is love”. Ameritó  un pucho.  Eran las 4 de la mañana. Volví a pensar en ella. Me acordé del optimismo también.  Sobre lo que nosotros queremos en el mundo: la ley de atracción.  Ella había estado reunida con una amiga. Apagué el pucho. Pensé en un momento, que ella habría estado pensando en mí. Me tiré a la cama rendido y me  puse de costado a mirar la pared. Pasaron unos 30 minutos y entraron dos mensajes. No le avisé a Emilia, que había llegado  bien a casa. Intenté dormir. Mañana le responderé.  Vibró nuevamente. Cogí el celular. Era ella. Se disculpaba por escribir a esa hora, seguía con su  amiga. Me envió una foto, estaban abrazadas cogiendo dos copas de vino. Me hizo una broma, reí y respondí de inmediato. Notaba mi felicidad mientras le escribía, mi corazón latía fuerte, a pesar de la hora y  de estar cansado. Me llegó un nuevo mensaje;  me invitaba a salir a un bar donde iba con mi novia todos los sábados. Pensé y luego acepté. Nos despedimos. Nos mandamos besos. Imposible dormir después de esto. Mañana será otro día, me dije.

Me levanté minutos antes a las 9 de la mañana.  De día,  las sensaciones son distintas, no como la noche donde existe adrenalina y todo puede pasar y nadie te ve; en el  día dejas de ser fantasma, poeta o  un personaje maldito. La sangre de villano y de mal hombre se oculta como una sombra solitaria, hasta que vuelva a llegar la noche. Los malos pensamientos  no existen y menos cuando sale sol. Revisé mi celular y me había escrito Emilia para saber si todo estaba bien. Todo perfecto,  le respondí. Tenía otro mensaje de ella. Disculpándose por haber escrito en la madrugada e  interrumpir mí sueño. Y otro,  confirmando la salida del viernes próximo. Acepté nuevamente, sin pensarlo.

Tengo  cuatro años con mi novia y en unos meses cumplimos uno más. En cambio, a ella  la conozco desde junio (4 meses), pero me hace sentir distinto. Su forma de ser, sus ojos pequeños y su sonrisa me atrapa, como esos fantasmas que andan sueltos de día y noche. Vivo siempre con dudas.  Con dos decisiones a elegir.  Me pregunto si soy  afortunado por tener que escoger alternativas.  Ya que  al fracasado no se le presenta ni siquiera una, salvo elegir: la soledad. Estando solo, me permite no hacer daño a nadie, puedes  transitar por las noches bebiendo hasta tarde, en busca de mujeres también solitarias. A veces quisiera estar sin nadie, pero la relación con Emilia es buena, hay confianza y… amor. Cuando no puedo dormir,  miro el techo y pienso en el amor. Éste desaparece  en el cielo violeta antes de que el sol color vino blanco se oculta en el mar. Ella, que hasta ahora no  puedo nombrarla en éste relato, al final me hizo caso;  practicó  la ley de atracción, pues pensó en mí, como yo también pensé en ella. Atrayéndonos como imanes de distinto polo, sin importar el daño que podrían ocasionar,  sin saber cómo y de la nada,   está en medio de la relación, tocando fibras internas del alma y corazón que respiran de una manera distinta, ahogándome en las noches y quemándome en el infierno, sintiendo  placer mientras  no respiro y me quemo.  La ley de atracción existe, si es que  la piensas, crees y  practicas.

Los escritores necesitamos historias para contar y existir, este relato lo  acabé al día siguiente que recibí los mensajes de madrugada. Lo  envié a concurso.  Y  a los pocos días, me enteré que había ganado. Cogí mi celular, y  escribí para que  pudiera acompañarme, quince segundos después, borré el mensaje.

 

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Placer

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Cien páginas había leído el día anterior. La rutina de lecturas nocturnas en esta última semana, me habían agotado al extremo de no querer levantarme.   Dejé  los libros en la mesa de noche, dos de ellos  habían estado incrustados en mi espalda. La lámpara había quedado prendida. La apagué. Hoy dictaba un curso de poesía,  pero moría de sueño.

Me serví una  taza de café  y  mientras guardaba  en la maleta el libro  “El novelista ingenuo y el sentimental” de Orhan Pamuk, encendí un cigarrillo. Revolví varias veces el café, y el olor me reanimó. Dejé  esta vez el pucho prendido.  Y regresé para apagarlo, felizmente. Cogí mi maleta y salí.

En el bus revisé los apuntes para la clase.  A mi lado, pegada a la ventana, una  chica de pelo castaño y ensortijado leía concentrada su libro. Me llamó  la atención sus blancas manos, las uñas estaban pintadas de  color negro y desde la posición en la que me encontraba tenía un gran escote. Al volver  a mirar sus manos,  llevaba un anillo, pero no me importó. Se dio cuenta que la observaba.  Levantó el libro formando una separación en el mismo espacio. Pero grata sorpresa; era mi libro, el último que había escrito.

Continuó leyendo. Usaba  una pluma blanca de gaviota como separador de páginas. La tenía sujetada como lapicero y luego se la pasaba por la frente y nariz;  a mí me generaba cosquilleo, ella solo arrugaba la frente y la nariz.  Guardé mis cosas y quedé observándola.

Admiraba la manera de cómo sus hermosos dedos parecían subrayar cada línea  que leía. Quería que sepa, que la persona que tenía al lado:  era el autor del  libro que leía. Pero no quise   incomodarla, esperé que se diera cuenta por si sola. Me quité las gafas oscuras, haciendo  movimientos exagerados  y  sobretodo: ruido. No me hizo caso.

El bus cruzó por una avenida abarrotada de vehículos, la cara de los conductores eran de repudio y  resignación. Mientras  las personas   que viajábamos dentro del bus, esperábamos nuestro destino; sentados o parados;  leyendo, escuchando música o  conversando. Un chico que estaba parado a mi lado, me reconoció.  Se levantó los lentes y me pidió un autógrafo.  Mientras firmaba, la miré de reojo. Nada.  Abrió su bolso,  se colocó los audífonos,  guardó su libro y cerró los ojos.

Otro chico se acercó y me comentó que  había leído todos mis libros,  le respondí con una sonrisa. Se agachaba cada vez que hablaba. Me preguntó si yo era el personaje principal en mi ultimo libro; le respondí con otra sonrisa,   al fin pareció entender mi fastidio. Me dio la mano y se despidió.

Volteé. Ella  continuaba con los ojos cerrados. Movía la cabeza  de un lado para el otro, al ritmo de la música.  Se retiró los audífonos, y me dijo que la deje pasar.   Había llegado a su destino. Al pasar por mis piernas, aspiré lo mas que pude.  Olía a jabón y a champú. Me la imaginé desnuda,  el agua le recorría por  la espalda. Se acariciaba el cabello,  luego sus manos llevaban la espuma por cada una de las partes de su cuerpo, haciéndolo brillar. Luego giró desde la ducha para verme, pero el vapor de agua caliente me imposibilitó ver su figura completa.

Decidí bajar también.  Cogí mi maletín y la seguí. Aun escuchaba música.   Tenia una cintura muy delgada para  lo ancho de sus caderas. Al caminar todo se veía más apetecible. Todos la miraban. También los que iban acompañados.  Llevaba un apretado jean azul, y un polo corto que me dejaba ver unos hoyitos de la parte baja de la espalda. Cruzamos el semáforo también con otras personas, ella no se percató que la seguía.

Al cruzar la calle entró a una galería comercial.  Los locales aún estaban cerrados.  Siguió caminando hasta llegar  al final de un pasadillo. Me acerqué. El negocio lo cubría una cortina blanca. Colocó un cartel, donde aparecía la figura de una mujer boca abajo con la espalda descubierta. Me puse las gafas oscuras y caminé hasta su local. Era Kinesióloga. La tengo, pensé. No podía escaparse. Salí  y prendí un cigarrillo. Tan solo  imaginarme echado en una camilla mientras sus  manos  acarician   mi espalda, me hacia  erizar la piel. Llamé al instituto y dije que no podía asistir, le propuse recuperar  la clase el fin de semana, pero a la directora no le agradó  mi propuesta.

Metí mi cabeza por la puerta de tela, y estaba allí.  Más linda. El cabello lo tenía más levantado, se había pintado los labios de un color rojo sangre, y tenía las pestañas rizadas. No se había abotonado bien el  mandil, lucía un gran escote. Había una mujer morena de unos 80 kilos recostada en una camilla, la espalda la tenía llena de crema. Me miró y luego bajo la mirada.  Me sonrió mientras frotaba sus manos sobre la espalda de la mujer.

Me dijo que regrese en 20 minutos. Acepté y esperé   impaciente. Pasaron diez minutos y salió. La miré contra  la luz.  Tenía los ojos  de color caramelo.  El cabello estaba revoloteado. Me encantó.  Me perdía en el escote,  el brasier rosado  le cubría medio seno. Ella me miró con detenimiento. Al parecer me reconoció. Le dije que esperaría y ella me dijo que mejor fuéramos a otro lugar. Asentí. Esperé unos minutos más,  mientras sacaba sus cosas. Al poco rato, salió.

Se había sacado el mandil,  tenía puesta  la misma ropa que usó en el bus. Este servicio tiene una  tarifa distinta, me dijo. Sonrió. No me importó. Sabía que era así. Tomamos un taxi. Nos sentamos atrás. Ella estaba pendiente de su celular. Sonaba  y escribía  mensajes a cada momento. Traté de ver con quien se comunicaba. Ella sin que yo se lo pregunte, me dijo que eran clientes.

El taxi nos llevó por un lugar alejado y solitario. Nunca me hubiese imaginado la  existencia del lugar.  Las calles eran estrechas y cada dos cuadras;  la basura se acumulaba y se desparramaba por las veredas hasta la pista. Las casas eran antiguas y sin pintar, aún tenían   carteles de la última elección municipal. Señoras  gordas con trenzas largas caminaban por las veredas cargando canastas repletas de verduras. El taxista se detuvo y no quiso avanzar más.  Nos comentó que era peligroso. Nos bajamos. Ella seguía pendiente del celular. La seguí. Cortamos camino por una hilera de escaleras, que parecían terminar en el cielo. Niños con uniforme  de colegio jugaban fuera de sus casas. Volteamos por un pequeño parque sin bancas y caminamos por un pasadizo  oscuro cubierto de árboles. Al fin llegamos. Era ya de noche.  La casa estaba  ubicada en una esquina, con dos pequeñas ventanas a cada lado. La puerta era de madera y no parecía tan segura. Ella entró  primero. Tuve que agacharme para poder pasar. Dejé mis cosas en un mueble cubierto con sábanas blancas. No hablamos mucho en el trayecto. Ella me cogió  la mano y me llevó a un pequeño dormitorio. Parecía suyo. Abrió su bolso y guardó sus llaves. Se sacó el anillo. Me enseñó su libro haciéndolo girar en su mano y lo colocó en un estante, donde tenía apilado varios libros; estaban todos los que había escrito. Envió nuevamente mensajes y dejó su celular encima de la mesa de noche.

Estaba a oscuras, pero ella corrió una de las cortinas  y se iluminó la habitación  por la luz de la calle. Me sacó la camisa, y yo le quité el polo. Tenía el brasier rosado. Se empinó y me besó el cuello. Su celular vibró dos veces. La besé. Ella cogió mi cintura y yo la suya. El celular vibró nuevamente. Le desabotoné el jean y pasé mis manos por su vientre, la besé por detrás de la oreja, levantó su cabeza  como mirando las estrellas y  gimió suavemente. Nos desnudamos con desesperación  y nos lanzamos  a la cama. Se puso encima mío y me besó sujetándome ambas manos. Luego me pasó la lengua por todo mi rostro mirándome fijamente a los ojos. Tenía grandes pechos.   Se acercó y me los puso en la cara.  El miedo se convirtió en placer, a pesar de la vibración del celular. Ella movía su cintura cogiéndose los pechos y luego el cabello.  Miré hacia la ventana.  La figura  de un hombre  iluminado por su celular  movía  la cabeza con desesperación,  como tratando  de ver  lo que ocurría dentro. El celular  vibró una vez más.

Marie

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– ¿Qué esperas para dormir Tadeo? –dijo Elena,  molesta.

–No tengo sueño  mi amor.

–Quiero dormir, debemos levantarnos temprano. ¡Entiéndelo! Apaga esa maldita ¡Luz!

–Termino y la apago.

–Entonces vete a otro lado.  Necesito dormir.

–De acuerdo–dijo Tadeo.

Sacó  unas frazadas del armario y las extendió en el sofá. Se quedó observando su  biblioteca,  la alumbraba una luz azul que entraba por la ventana.  Le llamó la atención un libro de tapa roja con letras doradas, el mismo que tengo bajo mi almohada.  Se recostó y luego se quedó dormido, con el libro entre los brazos.

Era media noche y  un  destello iluminó la habitación. Elena se levantó temblando. Se asomó a la ventana;  observó  con asombro  el bosque y las grandes montañas que lo rodeaban. En ese momento solo escuchaba  el  incesante zumbido de los insectos. Apoyó  su cabeza en el vidrio,  mientras su mirada se  adormecía en la oscuridad. Nuevamente el estallido.

Salió en busca de Tadeo. Él no estaba. Las frazadas estaban regadas en la alfombra.

Cogió una linterna, y se dirigió al granero. La neblina imposibilitaba ver el camino. En el trayecto, un enorme sapo se le paró al frente. Los ojos le brillaban de un color rojo intenso. Dio un salto y se perdió entre la maleza.

La puerta del granero estaba abierta, la cadena colgaba y se mecía  como un péndulo. Iluminó el interior. Todo estaba revuelto. Una conserva  de alimentos rodó y llegó a sus pies. Cogió un hacha de la mesa, mientras sostenía la linterna con la boca. Alguien  se arrastraba por las cajas.  Atrás de un mueble yacía un cuerpo cubierto con frazadas.  Palideció  al verlo y  luego cayó. La linterna quedó prendida hasta que yo la apagué.

Luego de una semana,  la policía revisó el lugar. Pero nunca  encontraron los cuerpos. Tal como le sucedió a mi padre hace muchos años, también en el granero.

Luego de diez años, una pareja  compró la casa a una extraña mujer, toda la negociación la hicieron por intermedio de un abogado, ya que la propietaria tenía problemas mentales. Al poco tiempo me enteré que se había suicidado.

George, el nuevo propietario,  era poeta. Había escrito cerca de diez libros, pero hacía mucho tiempo que no había vuelto a publicar, es por eso, que deciden salir de la ciudad y vivir en el campo.

Susan,  la esposa,  confeccionaba muñecas de tela. Este negocio lo tenía desde que perdió a sus padres en un incendio cuando ella tenía  17 años.  Milagrosamente se salvó.

El día que llegaron a la casa separaron las cosas que no utilizarían de los antiguos dueños: sillones, mesas, alfombras y libros.

Marie, la única  hija de la pareja, mientras revisaba las cajas, le llamó la atención  un libro de portada roja con letras doradas que decía “Magia Negra”. Lo guardó en su pequeño bolso.

–Marie, cariño ¿Dónde vas? –dijo la madre,  cogiéndose la cintura.

–Me sentaré en ese árbol para jugar con mis muñecas

Marie cogió una pequeña piedra del riachuelo y se sentó.  Sacó el libro, y pasó sus pequeños dedos  lentamente por las letras doradas de la portada.  El árbol se movió,  parecía ser arrancado.  Cayeron muchas hojas, pero ella no lo notó.

– ¡Marie!

– ­ ¡Voy Papá! –dijo ella, gritando.

Dejó el libro abierto en la piedra donde se encontraba sentada. Caminó bordeando la cerca de madera. Se detuvo.  Miró extrañada el granero. Era viejo y la lluvia había oxidado las paredes de metal. La ventana estaba cerrada. Dos cuervos se posaron en la ventana. Un golpe desde adentro  los ahuyentó. Cerró sus ojos y corrió donde su padre.

–Marie,  toma tu jarabe.

Abrió la boca y al pasar,  hizo un extraño movimiento de cuerpo.

–Papi, ¿Qué es aquel lugar? –dijo Marie.

–Es un granero. Por favor,  no te acerques.

–Pero… ¿Quién vive allí? – dijo Marie mirando a su padre.

–Nadie hija, solo estamos nosotros, ¿Por qué lo dices?

–Porque cuando me detuve, alguien golpeó  la ventana.

–No Marie, tranquila, el granero está lleno de cosas de los antiguos dueños, posiblemente pueda ser un roedor o un animalito del campo.

–Tengo miedo Papi… no me gusta este lugar–dijo sollozando.

–Marie, no te asustes, este es un lugar… tranquilo ¿Entendido?

–Entendido Papi–dijo Marie bajando la mirada y dándose la vuelta para ir a leer el libro.

Nuevamente se detuvo a la altura del granero,  se tapó los ojos con una de sus manos, pero  notó que la observaban desde dentro. Fue corriendo a recoger el libro, pero ya  no estaba.

– ­ ¡Mamá, Mamá!

–Marie, ¿Qué sucede?

Ella abrazó a su madre. No se lo contó.

Se sentó en la escalera y se puso a jugar con sus muñecas  toda la tarde, mientras sus padres ordenaban el lugar.

Mientras oscurecía, varios cuervos se posaron en los árboles y en el tejado. El zumbido de los insectos acrecentaba y  la neblina bajaba de las montañas con mayor intensidad.

–Toma agua nena, estarás mejor–dijo George,  sentado al borde de la cama. La madre contemplaba desde la puerta de la habitación, con una inusual sudoración.

Marie, tenía tos. Tomó dos cucharadas más de jarabe, y  se quedó dormida.

–George, la señora que nos vendió la casa, dijo que había un calentador en el granero, ¿Por qué no lo vas a buscar?

–Tienes razón.

Cogió la linterna.  En el trayecto, se quedó observando un sapo, éste lo miraba y no se inmutaba a pesar de cegarlo con la luz, George movió  su pie y el animal se perdió en la oscuridad.

La puerta la sujetaba  una cadena oxidada.  Cogió una piedra. Le dio un par de golpes y cedió. Abrió la puerta y una gran tela de araña le cubrió el rostro. Iluminaba por todas partes, pero el calentador no lo encontraba. Se asomó a unas repisas  y escuchó un golpe por detrás de unas cajas. Sintió miedo. Alumbró fijamente y vio  unos frascos de vidrios. Al acercarse a ellos,  las cabezas de las muñecas de su hija,  flotaban en un líquido amarillento.

Sintió frío y corrió. Se tropezó  con  cajas y sillas, iluminó  por diferentes lados, pero no veía lo que  pisaba. Con suerte,  pudo salir. Llegó hasta la puerta de la casa. Estaba a oscuras.  Fue a  la cocina, era el único lugar iluminado por una vela. Su esposa, estaba rígida al pie de la mesa, sujetaba el respaldo de la silla y  el cabello le cubría  el rostro. Se llevó la vela.  La dejó sola y a oscuras.  Ella no dijo nada.

Subió al segundo piso. Abrió la puerta de la habitación y no vio a Marie. El jarabe estaba esparcido en la frazada. Las muñecas no tenían cabezas. Buscó  en el armario, pero ella no se encontraba. Salió de la habitación. Al llegar nuevamente a la  cocina, la observó. Su esposa no lo miró, ahora arrastraba los pies y no mostraba su rostro.  Él fue acercándose sin hacer ruido.  Ella giró su cabeza, y tanto sus parpados como sus labios los tenía cocidos con hilo negro.

Marie cerró el libro.  Estaba  pálida y le temblaban las manos. Lo guardó en su bolso. Levantó la mirada, y varias aves negras  la observaban  desde lo alto del árbol. Suspiró.

Esa noche, la pequeña  Marie no terminó de leer su libro. Se lo terminé contando yo. Mientras despertaba e  intentaba desatarse  los hilos de su rostro.

Honrarás a tu padre

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Justo hoy me sentí mal, lastimado por dentro por una corazonada. Caminé más rápido. Sin proponérmelo, comencé a contar mis pasos, en algún momento sincronizados con los latidos de mi corazón. Me dirigí a la estación del metro. El bullicio era ensordecedor. Busqué protección entre la multitud. Me sentí más seguro rodeado de personas que podrían auxiliarme en caso me desvaneciera. Ingresé inmediatamente a la línea Uno del metro, me  senté en el último asiento, abracé mi bolso y me dormí.

Me costó entrar nuevamente en la realidad. Salí de la estación, caminé unas cuadras y llegué a un pasaje lleno de árboles de mediana estatura, cuyas ramas y hojas me daban de modo inofensivo en el rostro, al tiempo que trataba de esquivarlas, al igual que los peatones zigzagueantes que venían en sentido contrario.

Al fin encontré la editorial. Entré por una pequeña puerta lateral del enorme y antiguo edificio, y ascendí por una escalera sin pasamanos que parecía conducir al cielo. En el trayecto me encontré con la secretaria. Enmudecida y con una mirada indiferente, me saludó; solo asentí con la mirada y seguí subiendo aterrado, cargado además creciente temor, hasta llegar a la oficina de los editores. La puerta estaba entreabierta. Empujé lentamente y metí primero mi cabeza. Ya se encontraban ubicados en una gran mesa de madera. Pedí disculpas y me senté.

El miedo me invadió nuevamente. Transpiraron mis manos, movía las piernas debajo de la mesa y aprovechaba cualquier distracción para limpiarme el sudor en los muslos. Percibí cómo mis labios temblaban y vibraban apresuradamente al responder las preguntas que me hacían. Ya no quería estar ahí. El editor sentado frente a mí me ofreció un vaso de agua que casi apuré al instante. Esto no es para mí, pensé.

Me hicieron varias preguntas sobre el texto, pero no supe responderlas, mis respuestas no sabían ser precisas. Ellos se miraban entre sí, pareciendo solo hablarse con los ojos, en una lengua de la cual estaba excluido. Tomé un poco de aire. Recordé la vez que mi padre no ganó un concurso de poesía en la universidad. Dicen que quedó tan afectado que regaló todos los libros de su pequeña biblioteca.

Al mismo tiempo que escuchaba a los editores me decía que nunca hacía bien las cosas, que cada vez que me proponía algo, a pesar del esfuerzo que le ponía, no lo conseguía. Uno de mis sueños era ser escritor, pero aún no me sentía preparado. “Estoy demás aquí, no debí venir nunca. Tendré que regalar también mi biblioteca. Odio ser yo, odio a mi padre”, me dije amargamente.

El editor sentado frente a mí hojeaba minuciosamente cada una de las hojas del texto. Parecía un juez con el poder de decidir sobre mi vida. Levantaba lentamente la montura de sus lentes con su índice derecho mientras sometía a escrutinio con detenimiento cada párrafo, frase, palabra e incluso letra. Con la otra mano sujetaba la hoja y la hacía crujir al momento de pasar de página. Volví a transpirar, esta vez por la frente y otra vez por las manos.

Detuvo su revisión y le comento algo al hombre mayor de cabello ralo que tenía al lado. Vestía de tinterillo. Lucía una camisa tan amarillenta como las hojas de mi cuento. Observó las hojas garabateadas por el editor y movió la cabeza. Metieron el impreso en un sobre blanco, agradecieron por mi tiempo y salieron conversando. Quedé solo, esperando.

Quise llamar a mi madre para no sentir más angustia y soledad, necesitaba ser escuchado, comunicarme, decir que yo también me había equivocado con respecto a mi vocación, que desde pequeño cargaba ya con el peso de la misma frustración que abatió a mi padre. Deseaba abrazarla, quejarme de dolor, llorar. Cerré lentamente los ojos, pasé infinitos segundos en blanco y vi a mi difunto padre a lo lejos. Me metí en él, percibí lo idénticos que éramos y lo entendí. A pesar de que nunca lo conocí, sentí como propio el frío de su corazón.

Alguien me tocó el hombro, abrí los ojos. Era la secretaria. El miedo y la ansiedad habían desaparecido. Ya no me importaba lo que pasara con mi carrera de escritor. Había estado con mi padre. Me entregó el sobre de mi manuscrito y me dijo que los editores me llamarían.

Regresé a casa abrazar a mi madre y pedirle que me cuente más sobre su esposo. Cuando me preguntó qué tal me había ido, le entregué mi manuscrito y me senté frente a ella. Abrió el sobre, miró algunas correcciones en tinta roja y levantó la mirada, los ojos cubiertos de lágrimas. Se retiró los lentes y me mostró la última hoja. “Lista para imprimir. Aceptada”, decía en una nerviosa letra corrida.

Edson

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Le pusieron Edson, como el gran futbolista Brasileño,  pero nunca supo patear una pelota. Tampoco le gustaban los autos, las peleas y demás juegos en patota. Jugaba con muñecas, no por alguna desviación sexual, sino porque desde muy pequeño ya  mostraba sus dotes profesionales. Las desvestía y les dibujaba marcas rojas en varias partes de su cuerpo y con una navaja le hacía inserciones o le quitaba dedos de manos y pies. Sus padres,  también doctores, lo enviaron a estudiar medicina a la capital. En el colegio, cuando iba a orinar, esperaba que no  haya  nadie. Tenía vergüenza que lo miren y se burlen de él. Ya de adolescente cuando practicaba gimnasia, al momento de ducharse, entraba con toalla envuelta a la cintura y luego se veía una mano colgándola en el borde. Había momentos que se  demoraba casi  media hora  en la ducha esperando que no se escuche ninguna voz para poder salir y cambiarse. Una vez, dos compañeros se escondieron tras una puerta y lo vieron salir de la ducha con su trusa mojada. No se la sacaba al bañarse. Cuando ingresó a la universidad se dedicó solo a estudiar. No participaba en nada diferente a  los estudios. Al momento que iba al baño hacia los mismos procedimientos que de pequeño. Aunque ya  no era pequeño, pero por algo lo hacía.

Obtuvo notas sobresalientes en su carrera de medicina y se especializó en Cirugía, obteniendo  el primer puesto de toda su promoción. Al egresar lo contrató una  de las  más prestigiosas clínicas del país, donde permaneció 4 años, desempeñándose exitosamente y con posibilidades de poder llevar estudios en el extranjero. Hasta que se enamoró. Conoció a una doctora mucho mayor que él, pero al mes: volvió a quedarse solo. Nunca se sintió tan mal por esta separación. Odiaba la vida, no se quería, no se aceptaba.

Renunció  a su trabajo y se alejó de su  familia. Alquiló un último piso de un edificio en una calle  donde las casas aledañas parecían derruidas. Ahí puso un pequeño  consultorio. Atendía cirugías mayores y menores de  personas de bajos recursos. Muchos del vecindario habían pasado por el bisturí de Edson. Los  pocos ingresos que tenía los gastaba en alcohol. Pues sí, para tomar. No gastaba en implementos para sus operaciones pues la anestesia,  hilo y demás, se los pedía a los pacientes. Una vez entró un paciente con la cara ensangrentada, le habían cortado la ceja de un botellazo en una riña. Edson lo intervino y terminaron alcoholizados en el consultorio.

Tuvo  problemas con los vecinos del edificio,  pues subían parejas con bolsas llenas de botellas de licor, y por fuera del consultorio se escuchaba risas, y avanzada la noche: gritos, llantos, golpes y vidrios rotos. Esto pasaba siempre entre parejas.  Pero a él nunca lo acompañaba una mujer.

Los vecinos estaban cansados de él, cada vez era peor, todos se quejaban con el conserje del edificio: con  Peter, hombre de mediana estatura, de bigote ralo y de una panza pronunciada. Ante las quejas de los vecinos subía furioso por las escaleras mientras pelaba una mandarina, se metía varios  gajos y escupía las pepas en su puño mientras que con la otra tocaba la puerta fuertemente. Edson, lo dejaba pasar. Eran muy buenos amigos. En una oportunidad  operó a su hija de un quiste que le había salido a la altura del ojo. Peter no tenía como agradecerlo. Muchas veces ambos se quedaban bebiendo hasta al amanecer, inconscientes por el alcohol.

Peter, al estar en deuda con él, le llevó aquella noche una amiga que había venido de Pucallpa, era  una mujer de 30 años, de muslos gruesos, y una cintura fina, tenía bustos grandes que cuando la dejó pasar éste no pudo quitarle la mirada. La invitó a sentarse en una pequeña silla donde sus muslos sobresalían. Lo miró a los ojos, le sonrió y se pasó la mano colocándose  todo su cabello negro a un solo lado. Llevaba una pequeña falda negra que cuando cruzó las piernas, Edson se perdía entre ese espacio oscuro triangular  en que todos queremos estar.

Peter abrió una botella de Pisco y empezaron a beber. Edson tenia comportamientos extraños, se enredaba al hablar y se le caían las cosas de la mano. Peter alababa a su amigo  y contaba historias de pacientes que se atendían en el consultorio. Estuvieron tomando varias horas más. La noche empezó a sentirse de noche, las risas y miradas ya eran diferentes, una nueva sensación reavivaba la chispa de Edson que  la tenía apagada hace muchos años, tantos como toda su vida. Se sirvió un vaso y se sentó junto a ella. Se sentía muy atraído por esa mujer pues en esa posición era indudablemente irresistible. Estaba encendido. Ella miraba sus labios mientras se mordía los suyos.  Ella cogió su pierna y le hacía circulitos en su rodilla. El tímidamente tocó su muslo y comenzó a apretar fuertemente, acercándose a su cuello y pasándole la lengua hasta llegar atrás de su oreja. Ella levantó la mirada y apretó con sus dos manos  la pierna de él. Se levantó, la cogió del brazo y la llevó  al baño, se escuchó que quería ponerle pestillo a la puerta pero después de varios intentos hubo  un silencio.   Se escuchó un grito y luego risas. Ella salió del baño  corriendo y salió del consultorio. Peter se sirvió un vaso lleno y prendió un cigarro. Se acercó a la puerta del baño donde se apoyó de espaldas con la botella en mano, tocó tres veces seguidas, luego tocó dos y luego una. Otro silencio. Edson nunca fue el Rey.

Laberinto Emocional

 

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Una nueva esperanza se veía venir. O tal vez,   por fin cambie mi forma de ver las cosas. Luego de conversar con aquel anciano sentados en una banca del parque rodeado de flores rojas y amarillas. Él estaba desorbitado, hablaba incoherencias, pero igual lo escuché. Tenía el cabello  blanco y un bigote muy tupido y gris, estaba muy abrigado y se enroscaba una chalina a cuadros por su cuello, sus piernas las tenía cruzadas y las movía muy seguido, usaba un pantalón de franela y llevaba unas medias cremas con hueco, de una de ellas se le veían los dedos del pie. Me contó que le habían dado un día libre. El clima era cálido, había una pequeña resolana, pero no todo estaba bien, había nubes negras encima de nosotros. Era una persona muy peculiar, hasta la sentí  muy familiar. Me dejé llevar por sus palabras, y su adormecedora voz…

Estaba en el cuarto piso de un antiguo edificio. Caminé por un pasadizo sucio y oscuro, las paredes eran celeste claro y el piso era de cemento, había muchos vidrios y pedazos de ladrillo regado por todos lados. Andaba con cautela por los diferentes pasadizos. No era un buen lugar para pasear. Pero debía pasar este tiempo para poder encontrarla. Caminaba con  las manos por detrás y jugaba con mis dedos. Empezaba a tener nervios.

En el primer tramo de caminata me cruzaba con personas de tez oscura, sus rostros eran de dolor. Se quedaban mirándome fijamente, algunos me regalaban una sonrisa complaciente (no la necesitaba) y otros me seguían con la mirada  a pesar que ya no los veía.

Llegué a un lugar angosto. Era otro pasadizo pero más largo. Estaba más iluminado, parecía no tener fin. Contenían varias puertas a los lados. Entraban y salían  varias personas con la cabeza gacha, unos cruzaban lento arrastrando los pies,  otros volteaban a ambos lados y por miedo se escondían dentro de  las habitaciones.

El final era imposible verlo, estaba oscuro. Pero mis pasos me llevaban para allá. Caminé mucho más lento. Con mucha precaución y cuidado. Miraba el suelo para no pisar vidrios y evitar hacer ruido.  Había personas extrañas en las habitaciones.  Necesitaban descansar. Escuchaba sus gemidos, lamentos y llantos. No era tan agradable estar en ese lugar. Algunos se encontraban arrodillados con batas blancas rezando a un Santo Moreno vestido de marrón, éste cogida una escoba y una calavera.  Dos mujeres se arrastraban en el piso haciendo rechinar su piel con las losetas. Otros tenían  la boca abierta y botaban saliva,  temblaban mientras  se  cogían de las mesas para no caer, sus ojos los tenían entre abiertos, la mayoría de ellos los tenían volteados. Me empezaron a sudar las manos.

Me acerqué a otra habitación y vi a un hombre tirado en el suelo, su pelo le cubría el rostro, tenía la bata abierta y entre las piernas le corría sangre. Había un gran  charco de sangre junto a él, donde se reflejaba una persona vestida de negro que lo observaba sin lamento. Esto me impactó. Y mi cuerpo se paralizó. Se escuchó un portazo en alguno de los pisos, el ruido fue tan fuerte que retumbó  la ventana que tenía al frente. No quise ver más en esa habitación, ni quería saber quién miraba con tanta fijación el cuerpo de aquel hombre ensangrentado.

Seguí avanzando por el pasadizo, supuse que alguien me esperaba al final, en esa oscuridad, en ese fin.

Tenía frío, y empezó a picarme la garganta. Metí las manos a los bolsillos, aún me  seguían sudando, sentí pasos atrás mío.  Pero no volteé. Seguí avanzando, dando pasos cada vez más cautelosos y sin ruido. Giré la cabeza para ver con el rabillo del ojo, pero nadie me seguía.

Sobre paré en otra habitación. Estaba a oscuras. Me asomé con cuidado. Todo estaba en silencio, al parecer no  había nadie. Pero del interior se escuchó que alguien abría la puerta y la  cerraba  de inmediato.  Golpeé con fuerza la puerta para ver que ocurría. Pero nadie salió. Solo escuché del interior abrirse de nuevo  la puerta. Me mantuve quieto cogiendo la pared fría,  esperando que algo o alguien se asomaran. Nadie se asomó.  Saqué una moneda del bolsillo y la tiré hacia el fondo de la habitación, ésta recorrió gran parte del lugar y al final golpeó con la pared. De forma inmediata escuché que alguien cerró con fuerza la puerta del fondo. Salí del lugar y cerré la puerta.

Estaba buscando de forma equivocada. Estaba perdido. Volví al pasadizo y caminé hacia la  oscuridad, pero  ahora lo hacía  más rápido, tenía que salir de allí, me quedaba poco tiempo, caminaba abriendo más las piernas, tenía que salir, empecé a trotar, mi respiración se agitaba y comencé a sentir calor. Sentía la frente llena de gotas de sudor. Me detuve unos metros antes del final. Mi corazón latía muy rápido. Escuchaba mi respiración mientras trataba de visualizar lo que tenía al frente.

Alguien estaba parado al frente mío. Era más o menos de mi tamaño, no lo divisaba muy bien,  pero al parecer  llevaba una capucha. Me acerqué un poco más.  Pude  ver la blancura de su rostro. Pero mientras me iba acercando, éste  tenía una máscara blanca con una gran sonrisa. Me quedé observándolo con temor. El miedo me invadió y se metió dentro de mí. Sentí como si un líquido frío se transportaba por mi médula espinal, paralizando mi cuerpo y erizando toda mi piel, sentía varias espinas que se clavaban en la parte alta de mi espalda. Pasé saliva. Lo tenía al frente y no podía moverme. Podía  escuchar  también su fuerte respiración atrás de la máscara. Giró a la derecha y luego a la izquierda. Metió las manos en sus bolsillos y sacó un papel de uno de ellos. Se agachó y dejó una carta de naipes en el piso. Se dio media vuelta y se escapó entre la oscuridad.

Inmovilizado por el susto, solo me quedé viendo la carta puesta en el piso, pude oír sus pasos  mientras bajaba  las escaleras y se hacían  éstos cada vez más lejanos. Seguía sin  reaccionar. Respiré profundo para buscar tranquilizarme. Recogí  la carta, era un 7 de espadas y lo guardé en el bolsillo de mi abrigo.

Empecé a bajar por las mismas escaleras, no se veía nada, bajaba sujetándome del pasamano y en cada descanso de cada piso lo iluminaba una tenue luz blanca que se prendía y se apagaba.  Pero una vez que empezaba el descenso nuevamente me encontraba a oscuras.
Estoy seguro que bajando uno de los pisos pisé a alguien, pues sentí como se extendía la mano  presionada contra el piso y escuché como crujían los  huesos. Casi resbalo.

Llegué al primer piso, la puerta estaba cerrada. Le propiné una patada tan fuerte que los seguros cedieron. Había un gran mostrador de madera  lleno de documentos, parecía ser como una recepción, de la parte baja salió el pequeño rostro de  una mujer, era una enana vestida con un  guardapolvo verde. Parecía una enfermera y pues llevaba puesta una mascarilla. Le colgaba  un manojo de llaves del cinturón.

-Venga por aquí- apenas pude entender lo que dijo la pequeña mujer.
La seguí por un pasadizo también iluminado pero cada cierto tramo  se iluminaba por una luz que parpadeaba cada cierto tramo. La mujer abrió la puerta, y metió su pequeña mano a su bolsillo. Sacó una carta de naipes.

-Abra la mano-dijo la mujer. Y puso la carta en la palma de mi mano, con tal fuerza que se dobló  una punta, y pude ver que era un 7 de Espadas también. Al retirar su pequeña mano  sentí sus pequeños dedos regordetes que sacaron mi anillo de madera. Guardé  la carta en el bolsillo y al levantar la mirada veía como se alejaba esta pequeña mujer tambaleándose  al caminar por el pasadizo.

Tenía las dos cartas en mi bolsillo. Eran dos 7 de espadas, aun no entendía el misterio de aquella noche. Un enmascarado y una enana. Algo raro sucedería. Pero ellos no eran los que yo buscaba. También había  perdido el anillo de madera que me dejó mi padre. Me quedé sin saber a dónde ir. Esperé ver a la pequeña mujer a mi lado, pero desapareció. Había varias esculturas de yeso en todo ese piso, la mayoría eran niños tapándose la cara.

Detrás del mostrador  colgaban varias fotografías, me acerqué a una de ellas y eran fotos en blanco y negro, habían personas  postradas en camas grandes, éstas tenían los ojos abiertos y todo el contorno de la cama estaban adornados con muchas flores y gente parada alrededor: estaban muertos.

La  temperatura comenzó a bajar, me asomé a una gran ventana, y podía ver que la neblina era densa y apenas se veían las edificaciones. A esa hora de la noche ya nadie transitaba por la calle. Al fondo  de ese recinto había una habitación, la iluminaba la luz que podría filtrarse de la calle. Me acerqué y había un escritorio grande con muchos libros. Había  una persona sentada en un gran sillón dándome la espalda, vestía de color oscuro y tenía una capucha. A la altura de la espalda tenía un bordado una estrella con 5 puntas. Entré dando pasos cortos y sin hacer ruido, para que no se diera cuenta de mi presencia. Esperaba que no volteara. No quería ver su rostro. Esa era la persona que buscaba. Hubo un silencio sepulcral. Y todo se oscureció.

Algo inexplicable sucedió. Mis pensamientos quedaron sueltos. La realidad se fusiona con los pensamientos, pero la realidad se transforma en vida. Mi realidad está compuesta por situaciones  en la  cual todos  nosotros podemos disfrutar  todo lo que nos rodea, podemos respirar si queremos y si podemos. Si queremos sentirnos bien podemos caminar y pararnos en la cima de una gran montaña para sentir el aire que entra a nuestros pulmones, podemos inhalar el aire  helado y exhalar el aire  caliente, pues así funciona nuestro organismo por la temperatura que existe dentro de nuestro cuerpo. Es una maquina bien aceitada que genera calor. Nuestros sentidos son instrumentos testigos de la realidad, están al tanto de lo que sucede afuera, se adaptan a situaciones para captar variables y procesarlas cómo realidad.

En cambio el corazón y el cerebro funcionan para poder interpretar lo que nuestros sentidos van captando, como un beso, un abrazo  o tal vez para decodificar las palabras que escuchamos. Nuestro cuerpo es materia y tiene fecha de vencimiento, pero existe algo más intangible que la materia, hay algo  más, que pesa pero no puede tocarse, es luz o energía, es alma o espíritu, pero a su vez tiene peso y tiene más vida que la materia: es eterna. Se hablan de traslaciones de espíritu, de levitaciones o desprendimientos de  nuestra alma,  provocada por la propia concentración. El mundo no es solo lo que vemos y sentimos. Existen otros lugares desconocidos, que la ciencia los conoce pero no los dice o nos los hace saber.  Podrían causar pánico mundial, o tal vez muchas  personas no las quieran ver, pero doy fe que si existen (Ver para creer).

Vivimos en  varios submundos en donde nosotros, los seres humanos, el ser más poderoso y capaz de la tierra, puede conocer si es que quiere (cree), siempre y cuando  logre esta conexión psíquica. Podremos viajar por  un mundo paralelo que es distorsionado, donde recibes mensajes ocultos que te servirán al momento que retornes a la realidad. En estos lugares los sentidos ya no tienen sentido. Muchas veces, existen  personas que  han transitado por estos  laberintos oscuros, donde el final es inalcanzable y el tiempo es limitado. Pero ahora que pienso y que existo: debo regresar,  porque aún no es el momento. Mis sentidos tienen mucho por conocer, pero las conexiones con submundos y otras dimensiones existen si es que uno quiere conocerlos, lo importante es saber cuándo y por donde regresar.

Abrí los ojos. Todo estaba a oscuras y una luz al fondo del lugar me cegó. Estaba rodeado de personas sentadas en varias  filas. Dude del momento y la situación. Estaba en el cine, tenía a mi esposa al lado y estaba llorando. Estaba enojada. Una vez más me había perdido la película, y justo de las películas que nos gustan: De Almodóvar. <<Había estado soñando. >>pensé.

-Has estado roncando toda la película-me dijo furiosa, mientras comía palomitas de maíz.
-Discúlpame mi amor, no sé en qué momento me quedé dormido-dije
-Siempre que venimos al cine te pasa lo mismo. Nunca podemos disfrutar de ver una película juntos.

-Discúlpame en serio, y ¿qué tal la película?- le pregunté.
-Lloré de principio a fin. ¿Por qué siempre pasa esto?

-No volverá a pasar. Te lo prometo-dije confundido y la abracé, ella me dio un puñete leve en el hombro y me abrazó también.
Mientras salíamos del cine, ella me contaba las partes más importantes de la película, buscaba siempre similitudes con nuestra relación. Estuvimos conversando apoyados en un pequeño muro. Ella prendió un cigarrillo y también hice lo mismo. Me hablaba emocionada,  yo la veía linda, me gustaba mucho su  sonrisa. No la dejé hablar  más y la abracé. Mientras la sujetaba, le  acariciaba  el cabello. Ella tiró su cigarrillo hacia atrás y veía como se extinguía en la vereda y luego de nuevo se prendía  cuando pasaba un auto a gran  velocidad. Nos quedamos así casi una eternidad. Me sentía protegido y cuidado.

Caminamos hacia el parqueo que se encontraba en un sótano. Aun seguíamos abrazados. Mis zapatos estaban llenos de barro. Le di un beso antes de entrar al auto y le dije que la amaba, ella me dijo lo mismo y me dio un beso en la frente.
Encendí el auto, esta vez arrancó de inmediato. Me acerqué a la caseta y le entregué el boleto del parqueo.

El encargado me quedó observando y luego miró a mi esposa. Estaba serio pero  luego sonrió.

-Señor, disculpe, esta es una carta de naipes- dijo entregándome la carta.

Era un  7 de espadas. Sonreí. Luego me asusté. Lo quedé mirando sin parpadear, mientras  sentía la caricia  de mi  esposa. Su mano la  sentía muy pequeña, eran dedos pequeños y regordetes.