Adrián

Ahora que soy escritor y un ex alumno del Instituto Miraflores, puedo atreverme a contar una historia.   Muchos escritores tenemos facilidad para narrar historias de ficción, a veces queremos narrar algo real, pero no se puede, nos sumergimos y nos mantenemos ocultos sin saber nosotros mismos dónde estamos, luego salimos a flote con fuertes manotazos, sin aliento para convivir con personas que aparecen y desaparecen, o tal vez las ignoramos o quizás, son tragadas por la tierra como si fuesen un objeto insignificante; como un hilo y una aguja.


—Nos vemos mañana, no se olviden de leer Ulises de James Joyce, se tomará el último examen —dijo el profesor de literatura.

Todos nos despedimos y salimos del instituto, menos Adrián. Salió sin despedirse de nadie. Con la cabeza gacha. Sus relatos no eran buenos, tenía la más baja nota del salón. Era un chico callado. No tenía amigos en el salón.

Adrián era el menor de los hijos, siempre vivió con su madre en Chilca, un pequeño pueblo a seis kilómetros del balneario de Pucusana, a sesenta kilómetros de Lima. La madre era una mujer robusta, que había sacado adelante a sus 3 hijos. Tenía un puesto en el mercado Modelo del pueblo y se dedicaba a vender hierbas medicinales. Las pocas enfermedades que ocurrían en el pequeño balneario eran curadas por ella.

Mientras que su padre, un hombre sexagenario, toda su vida se dedicó a la pesca. Tenía una pequeña embarcación con nombre “Esperanza”. Cuando no salía a la mar, se quedaba en su casa donde recibía la visita de pobladores para que les leyera las cartas, realice amarres, adivine el futuro y produzca infortunio, enfermedades o cualquier otro tipo de daño. Su casa estaba situado a la espalda del cementerio de Pucusana en el Asentamiento Humano Cerro Colorado, muy cerca del desvío a Chilca.

Adrián, vivía avergonzado sobre sus orígenes y, sobre todo, de sus padres.  Cuando le preguntaban donde vivía, él respondía: En Miraflores (un barrio exclusivo de la ciudad de Lima). Y cuando le decían para ir a su casa, siempre pondría alguna excusa para evitar ser descubierto. Quería ser escritor. Llevaba consigo libros de distintos autores, muchos de ellos poetas. Aprovechaba cada momento para leer. Todos los días sacaba un libro de la biblioteca y lo leía mientras se dirigía a casa, bastaban dos días para devorarse las 300 páginas.

Esa noche, saliendo del instituto, nos pidió dinero para regresar a casa. No tengo dinero, comenté y lo seguí sin que se diera cuenta. Se dirigió al parque Reducto, situado solo a tres cuadras de donde estudiábamos. Él acostumbraba a leer en una banca, mientras disminuía el tráfico de la interminable y saturada Avenida Benavides, pero esta vez no tendría ese problema, se quedó a dormir ahí mismo.

Una vez instalado en la banca. Usó el Ulises como almohada.   Algo le cayó en su rostro que se despertó. Estaba asustado. Se sacudió y entre los arbustos se escabulló un roedor, parecía ratón, aunque solo pude ver una larga cola, y luego no quise imaginarme el resto del cuerpo, por eso prefiero referirme a un ratón. Le dio tanto susto el animal que arrancó el llavero que colgaba de su mochila con el escudo de la Municipalidad de Pucusana y se lo tiró para espantarlo. No tuvo puntería. No pudo dormir más. Guardó el libro dentro de su mochila y caminó para refugiarse en el pequeño museo situado en el mismo parque.

La puerta del museo estaba entreabierta, la única luz que iluminaba su interior era la del alumbrado eléctrico, ya que a las 10 de la noche el guardián del parque siempre bajaba la palanca de iluminación dejando a oscuras todo el recinto.

Empujó lentamente la puerta y en una mesa yacía un niño, medias hasta las rodillas, zapatos brillosos, pasadores desamarrados, lucía una chompa azul con una gran insignia en el pecho de un colegio que lleva dos corazones juntos. De la mano le colgaba un rosario perlado que se movía como péndulo.

Se acercó lentamente para ver si el niño se encontraba bien, pero este no tenía ojos, estaban cocidos con hilo negro. Al borde de la mesa brillaba una aguja y un carrete de hilo del mismo color.

Adrián miró a ambos lados. Sabía que se encontraba en peligro. La puerta rechinó, y del fondo del lugar se escucharon pasos que se acercaban a él. En su desesperación dejó la mochila. Saltó por la ventana dando un golpe a una maceta que cayó haciéndose trizas.

A pocas horas, antes de amanecer, la madre de Adrián llegó a Lima, tenía que entregar un brebaje para su hermana que se encontraba con problemas depresivos. Ella había hecho un preparado de hierbas andinas y sales medicinales que las filtraba de las lagunas de Chilca. Estuvo esperándola en el paradero del bus como habían acordado. Pero nunca llegó. Tuvo una corazonada, muy frecuente en ella. Pensó en su hijo, una imagen extraña se posicionó en su mente. Cogió sus bolsos y salió a buscarlo.

—Quisiera hablar con Adrián Gonzales, soy su Madre—le dijo al vigilante del instituto.

—¿De qué ciclo es su hijo? —dijo él, mientras con una paciencia abría un cuaderno cuadriculado con los nombres de los alumnos. 

—es del cuarto ciclo, Adrián Gonzales—repitió.

—Gonzales… Gonzales… Gonzales. No.  Señora aún no ha llegado—señalaba con su índice torcido el listado.

La madre cerró su mano haciendo un puño y se tapó la boca. Entró en desesperación, pero a la vez se tranquilizaba. Caminó por una larga vereda en busca de un teléfono público, llegó al parque Reducto, y en la puerta del pequeño museo pidió prestado un teléfono. Llamó al padre de Adrián. No contestaba. Una vez más. Nada. Se sentó en una pequeña banca, dejó a un lado sus bolsos y en el piso vio un objeto que brillaba. Lo recogió. Era un llavero de la Municipalidad de Pucusana. Se paró de inmediato. Cogió sus cosas.  Paró al primer Taxi y se dirigió a la casa de su ex esposo, el padre de Adrián.  Pegó la cabeza en la ventana del auto y veía el paisaje distorsionado provocado por las lágrimas.  Los casi 50 minutos de viaje, sentía una opresión en el pecho. Un dolor que se le formaba en la garganta, y terminaba en la boca del estómago. Solo ese amor de madre podía contener ese dolor y desesperación, pero cada cierto tramo sus ojos no podían más. Al cerrar sus ojos, un torrente de lágrimas le despintaba el maquillaje. Suspiros y hasta arcadas le provocó la angustia. Se acordó del brebaje que tenía en uno de sus bolsos, tomó unos sorbos, y se tranquilizó.

Al llegar, tocó la puerta, no había nadie. Tuvo que ingresar por el jardín. Los dos perros le ladraron, mostraron sus filosos colmillos, y por suerte estaban amarrados. Empujó la puerta trasera e ingresó sin problemas. El pequeño comedor estaba revuelto. Había una mesa llena de cartas españolas, dos velas, una aún estaba prendida, hojas de coca encima de una estrella dibujada con tiza en el centro del mantel rojo. Al acercarse sopló la vela. Su respiración era diferente. Se acercó al lavadero y en su interior había un tazón lleno de agua turbia. Sumergió su oscura mano y entre sus dedos contuvo objetos gelatinosos y redondos que la miraban. Le provocó nauseas. Salió y vomitó.


Aun no se sabe nada de Adrián, pregunto siempre a los compañeros que a veces frecuento en cafés, pero nadie sabe dar razón de él. El vigilante del instituto que aún sigue siendo el mismo, nunca más lo vio. Me encontré con el profesor en un café de la Calle Berlín hace unos días. Le pregunté si tenía novedades de Adrián, me comentó que la semana de su desaparición, un policía de Miraflores le dijo que esa misma mañana, vieron correr de calle en calle a un chico cogiéndose la cara con las manos a la altura de los ojos, tocaba puertas, gritaba, pedía auxilio, pero más referencias no se la dieron.  Y Además, le comentó que se habían acercado a la comisaría de Miraflores varios padres de un colegio que buscaban a sus hijos desaparecidos, dejando fotos, pero ninguna era de Adrián.

Cuando me despedí del profesor eran casi las 6:00 pm, la penumbra ya se había apoderado de la ciudad, me daba vueltas la cabeza, sabía que algo tenía que hacer ya no por mí, sino por alguien que nunca me importó, alguien que nunca fue mi amigo, así que caminé hacia el instituto. Antes de llegar, escuché sirenas de patrulleros, me detuve por un instante y en el parque Reducto se habían reunido muchas personas. Los patrulleros se estacionaban en los alrededores del viejo Museo, y sacaban bultos en bolsas plásticas, se me escarapeló el cuerpo y seguí caminando. Llegué por fin al instituto. Un impulso me conectaba con el lugar. Sabía que un libro tenía que cerrar. Bajé por las escaleras y me acerqué a la biblioteca y sin pensarlo dos veces pedí el libro: Ulises de Joyce.

Al abrirlo, tenía un separador de hojas en la página 233. Pero no era un separador convencional. Era un hilo negro con una aguja y toda esa página se encontraba llena de sangre, junto al hilo una carta española: Un 10 de espadas, que significa Muerte.