Marie

– ¿Qué esperas para dormir Tadeo? –dijo Elena, molesta.

–No tengo sueño mi amor.

–Quiero dormir, debemos levantarnos temprano. ¡Entiéndelo! ¡Apaga esa maldita Luz!

–Termino y apago.

–Entonces vete a otro lado.  Necesito dormir.

–De acuerdo–dijo Tadeo.

Sacó unas frazadas del armario y las extendió en el sofá. Se quedó observando su biblioteca, la alumbraba una luz azul que entraba por la ventana.  Le llamó la atención un libro de tapa roja con letras doradas, el mismo que tengo bajo mi almohada.  Se recostó y luego se quedó dormido, con el libro entre los brazos.

Era media noche y un destello iluminó la habitación. Elena se levantó temblando. Se asomó a la ventana; observó con asombro el bosque y las grandes montañas que lo rodeaban. En ese momento solo escuchaba el incesante zumbido de insectos. Apoyó su cabeza en el vidrio que se iba empañando poco a poco, mientras su mirada se adormecía en la oscuridad. Nuevamente el estallido.

Salió en busca de Tadeo. Él no estaba. Las frazadas estaban regadas en la alfombra.

Cogió una linterna, y se dirigió al granero. La neblina imposibilitaba ver el camino. En el trayecto, un enorme sapo se puso al frente, los ojos le brillaban de un rojo intenso. Dio un salto y se perdió entre la maleza.

La puerta del granero estaba abierta, la cadena colgaba y se mecía como péndulo. Iluminó el interior. Todo estaba revuelto. Una conserva de alimentos rodó y llegó a sus pies. Cogió un hacha de la mesa, mientras sostenía la linterna con la boca. Alguien se arrastraba por las cajas.  Atrás de un mueble yacía un cuerpo cubierto con frazadas.  Palideció al verlo y luego cayó. La linterna quedó prendida hasta que yo la apagué.

Luego de dar aviso a la policía, registraron el lugar. No encontraron los cuerpos. Tal como le sucedió a mi padre hace muchos años, también en el granero.

Pasaron diez años, yo seguía viviendo al lado, una pareja compró la casa a una extraña mujer, toda la negociación la hicieron por intermedio de un abogado, ya que la propietaria tenía problemas mentales. Al poco tiempo me enteré que se había suicidado.

George, el nuevo propietario, era poeta. Una tarde estuvimos tomando café y me contó que había escrito cerca de diez libros, pero hacía mucho tiempo no había vuelto a publicar, es por eso, que deciden salir de la ciudad y vivir en el campo.

Susan, la esposa, confeccionaba muñecas de tela. Este negocio lo tenía desde que perdió a sus padres en un incendio cuando ella tenía 17 años.  Milagrosamente se salvó.

El día que llegaron a la casa separaron las cosas que no utilizarían de los antiguos dueños: sillones, mesas, alfombras y libros.

Marie, la única hija de la pareja, mientras revisaba las cajas, le llamó la atención un libro de portada roja con letras doradas que decía “Magia Negra”. Lo guardó en su pequeño bolso.

–Marie, cariño ¿Dónde vas? –dijo la madre, cogiéndose la cintura.

–Me sentaré en ese árbol para jugar con mis muñecas

Marie cogió una pequeña piedra del riachuelo y se sentó.  Sacó el libro, y pasó sus pequeños dedos lentamente por las letras doradas de la portada.  El árbol se movió, parecía ser arrancado.  Cayeron muchas hojas, pero ella no lo notó.

– ¡Marie!

– ­ ¡Voy Papá! –dijo la pequeña.

Dejó el libro abierto en la piedra donde se encontraba sentada. Caminó bordeando la cerca de madera. Se detuvo.  Miró extrañada el granero. Era viejo y la lluvia había oxidado las paredes de metal. La ventana estaba cerrada. Dos cuervos se posaron en la ventana. Un golpe desde adentro los ahuyentó. Cerró sus ojos y corrió donde su padre.

–Marie, toma tu jarabe.

Abrió la boca y al pasar, hizo un extraño movimiento de cuerpo.

–Papi, ¿Qué es aquel lugar? –dijo Marie.

–Es un granero. Por favor, no te acerques.

–Pero… ¿Quién vive allí? – dijo mirando a su padre.

–Nadie hija, solo estamos nosotros, ¿Por qué lo dices?

–Porque cuando me detuve, alguien golpeó la ventana.

–No Marie, tranquila, el granero está lleno de cosas de los antiguos dueños, posiblemente pueda ser un animalito del campo.

–Tengo miedo Papi… no me gusta este lugar–dijo sollozando.

–Marie, no te asustes, este es un lugar… tranquilo ¿Entendido?

–Entendido Papi–dijo Marie bajando la mirada y dirigiéndose donde el libro.

Nuevamente se detuvo a la altura del granero, se tapó los ojos con una de sus manos, pero notó que la observaban desde dentro. Fue corriendo a recoger el libro, pero ya no estaba.

– ­ ¡Mamá, Mamá!

–Marie, ¿Qué sucede?

Ella abrazó a su madre. No se lo contó.

Se sentó en la escalera y se puso a jugar con sus muñecas toda la tarde, mientras sus padres ordenaban el lugar.

Mientras oscurecía, varios cuervos se posaron en los árboles y en el tejado. El zumbido de los insectos acrecentaba y la neblina bajaba de las montañas con mayor intensidad.

–Toma agua nena, estarás mejor–dijo George, sentado al borde de la cama. La madre contemplaba desde la puerta de la habitación, con una inusual sudoración.

Marie, tenía tos. Tomó dos cucharadas más de jarabe, y se quedó dormida.

–George, la señora que nos vendió la casa, dijo que había un calentador en el granero, ¿Por qué no lo vas a buscar?

–Tienes razón.

Cogió la linterna.  En el trayecto, se quedó observando un sapo, éste lo miraba y no se inmutaba a pesar de cegarlo con la luz, George movió su pie y el animal se perdió en la oscuridad.

La puerta la sujetaba una cadena oxidada.  Cogió una piedra. Le dio un par de golpes y cedió. Abrió la puerta y una gran tela de araña le cubrió el rostro. Iluminaba por todas partes, pero el calentador no lo encontraba. Se asomó a unas repisas y escuchó un golpe por detrás de unas cajas. Sintió miedo. Alumbró fijamente y vio unos frascos de vidrios. Al acercarse a ellos, las cabezas de las muñecas de su hija, flotaban en un líquido amarillento.

Sintió frío y corrió. Se tropezó con cajas y sillas, iluminó por diferentes lados, pero no veía lo que pisaba. Con suerte, pudo salir. Llegó hasta la puerta de la casa. Estaba a oscuras.  Fue a la cocina, era el único lugar iluminado por una vela. Su esposa, estaba rígida al pie de la mesa, sujetaba el respaldo de la silla y el cabello le cubría el rostro. Se llevó la vela.  La dejó sola y a oscuras.  Ella no dijo nada, él tampoco.

Subió al segundo piso. Abrió la puerta de la habitación y no vio a Marie. El jarabe estaba esparcido en la frazada. Las muñecas no tenían cabezas. Buscó en el armario, pero ella no se encontraba. Salió de la habitación. Al llegar nuevamente a la cocina, la observó. Su esposa tampoco lo hizo, arrastraba los pies y no mostraba su rostro.  Él fue acercándose sin hacer ruido.  Ella giró su cabeza, y tanto sus parpados como sus labios los tenía cocidos con hilo negro.

Marie cerró el libro.  Estaba pálida y le temblaban las manos. Lo guardó en su bolso. Levantó la mirada, y varias aves negras la observaban desde lo alto del árbol. Suspiró.

Esa noche, la pequeña Marie no terminó de leer su libro. Se lo terminé contando yo. Mientras despertaba e intentaba desatarse los hilos de su rostro.

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