Digitalización

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Estimados señores modernistas, antes de pasar a mejor vida,  mis últimas palabras son:  zuzón y zyzyn, pronunció el  diccionario minutos antes de ser incinerado.

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Los dos pies

 

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No pude dormir más. El ruido provenía del pequeño almacén, al fondo del  jardín. Salí. Estaba con  lámpara en  mano y descalzo. Iluminé mis pies, ambos cubiertos de lodo.  La cadena estaba en el suelo. Empujé la puerta. La luz  penetró al recinto, partículas de polvo revoloteaban el halo de luz. Los viejos muebles de mi padre seguían cubiertos por sábanas. Algo corrió tras el viejo piano y alumbré siguiendo el ruido.  Ratas o gatos, nunca los dos, me dije.  Alumbré. La silla de ruedas de mi padre la tenía al frente. Ésta giró y vino lentamente hacia mí. Quién la había movido , pensé. Me persigné. Cogí una sabana del suelo, y cubrí la silla, pero ésta  tomó forma de un hombre de mediana estatura, pues la cabeza cubierta por la sabana posaba a  la altura del respaldar. Se acercó más. Iluminé a la altura del  pecho  y la luz lo atravesaba.  Pasé saliva. Se levantó y parte de la sabana quedó enganchada en la rueda,  ésta fue deslizándose hasta quedar en el suelo. No había nadie.

Abrí los ojos.  Estaba en mi cama, miré el techo por un momento. Me levanté, y fui hacia la ventana. Hacía frió. El único ruido que escuchaba, eran de insectos y  lechuzas; un indicio de que todo andaba bien.

Debo estar con fiebre, pensé, pues sentía una punzada en el pecho. Prendí la luz del baño y  miré el espejo de cuerpo entero y fue en vano; dos pies cubiertos de barro eran el único reflejo.

Despedida

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Cumplimos  10 años de casados y no le compré nada.   Bueno, hace ya varios años que no le he regalado algo.  Él en cambio, me ha sorprendido todo este tiempo con:  flores, anillos y  collares.  Eran cerca de las 11 de la mañana, y  no se había acordado de nuestro aniversario. Debe ser por lo tarde que regresamos ayer de la casa de unos amigos.

Estaba entretenida mirando televisión, aunque esta vez, sin cerveza y dándole la espalda. Me acarició.  Ahora no Carlos, dije.  No insistas, pueden escucharnos los chicos, complementé. A pesar de ello,  sentí que se pegó a mí.  Acarició mi cabello y cuello, cerré los ojos. Estaba agitado; me besó muy cerca del oído.  No sigas, dije. No mencionó ni una palabra.   Busqué algo en la televisión que le interese y encontré el noticiero del medio día. A pesar de eso, volvió acariciar  mi espalda,  haciéndome circulitos. Nuevamente sentí su calor.  Respiró cerca del oído y dijo algo que no comprendí.  Sonreí,  sin mirarlo.  No quise seguirlo.  

El conductor del noticiero,  era gordo como él, bigote blanco y ralo. Leyó los titulares, pero no me interesaron,  hasta que mencionó el nombre de Carlos, y sobre el  accidente  que acababa de suceder muy cerca a la florería. 

La caseta

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Volvió a pasar, tal como ayer en la noche. El vigilante, tenía la humilde función de abrir la puerta a proveedores que dejaban facturas en el viejo almacén pesquero. El desorden y abandono se había apoderado de su pequeña caseta: revistas pornográficas, periódicos y un apilado de platos sucios.

¿De qué empresa viene? Muestre su identificación, se escuchaba en la oscuridad, mientras  abría la puerta del almacén. Cogía las facturas y sellaba tan fuerte que hacia remecer la caseta. Luego daba sorbos desesperados a su café frío y se calmaba.

Así se pasaba toda la noche, entre sonidos de papeles, golpes y sorbos. En uno de sus golpes, topó la taza y manchó con café las facturas, éstas cayeron al suelo.

¡Maldita sea! ¡Carajo!, vociferaba.

Cogió su bufanda y limpió los papeles desde el suelo.

Sonó nuevamente el timbre. Pero él desde la posición que se encontraba, hablaba por el intercomunicador.

¿De qué empresa viene? Hola… ¿De qué empresa es? Hola… ¡Hola! ¡¿De dónde carajo es?!

Nadie contestó.

El viejo cascarrabias se desamarró las botas y las estrelló contra los cristales. Tiró las facturas y revistas del escritorio mientras daba sorbos pronunciados para tranquilizarse.

Hoy volví a entrevistar a un vigilante para que trabaje en esa caseta, pero cuando nos acercamos, los golpes espantaron también, a este décimo postulante.

La vida

Pasó por su lado, ni lo miró. Años más tarde, lo besó para luego,  sellar su unión. Producto del amor, nació Julieta. Fue la mejor alumna del colegio.   Estudió arquitectura, como el padre. Se casó a los 23 y engendró dos niñas preciosas. Aquella tarde gris, ambas niñas, dejaron flores de colores en el ataúd del abuelo. La abuela, desolada, ni lo miró.

El hombre de amarillo

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Cruzamos la mirada un par de segundos.  Luego lo perdí de vista. Llevaba una chaqueta amarilla, pantalón verde olivo y botas marrones desamarradas.  Según el servicio de inteligencia, llevaba explosivos en todo su cuerpo. Cruzó dos controles policiales antes de ingresar al metro. Yo seguí para el sur, declaré.

 

Verónica, una chica irlandesa de 20 años, estudió en Belfast, al norte del país, específicamente en la universidad del Ulseter. Joven, bella y risueña. Rodeada de muchos amigos.  Desde muy pequeña salía con sus padres fuera de la ciudad. Estacionaban su camioneta cerca de la desembocadura del río Lagan.   Tendían una manta al borde del río y compartían momentos de felicidad, ella aprovechaba para dibujar prototipos de embarcaciones que veía en el puerto. Su padre admiró el talento de su hija. Ingresó a la universidad a los pocos años para estudiar arte y diseño, ocupando los primeros lugares.

Tuvo una infancia feliz, compartiendo con ambos padres, hasta que cumplió los 14 años. Cuando una mañana recibió la llamada del estado federal avisándoles que su madre había fallecido en un accidente aéreo. Se encontraba a bordo del avión de la línea aérea American Airlines que se estrelló con una de las torres gemelas en el 2001. Ambos no lo habían superado. Aquella noticia tuvo que redactarla él mismo en el diario “The Journal”, donde trabajaba hace más de 30 años. Nunca encontraron su cuerpo.

 

Su padre hizo lo posible para cubrir ese vacío. Aprovechaban el tiempo juntos. Viajaban fuera del país, a veces, invitaban a Katherine, amiga de toda la vida de Verónica. Se habían conocido en el colegio.

Él se comunicaba por teléfono más de cinco veces al día. Le daba tranquilidad. Tomaban desayuno juntos, conversaban sobre anécdotas de la universidad y solían pasarla bien.

Una tarde fría, típicas de los meses de noviembre, saliendo de la facultad, Verónica llama a su padre.

– Papá, hoy no me recojas, saliendo de la facultad iré a casa de Katherine.

-Pero ¿Hasta qué hora estarás ahí, hija? ¿No tenías examen? –dijo el padre sorprendido.

-Estaré un momento, Papá. Mañana tengo clases-dijo ella tapándose el otro oído ya que llamaba desde el patio de la universidad.

– ¿No saldrán a los bares?  Acuérdate que mañana es día de semana y tienes que estudiar.

– No Papá, ¿Acaso no me crees? Tenemos que presentar un trabajo. Comemos algo… Y voy a la casa.

-Pero, ¿No iríamos al cine, mi amor?

-Papá… ¡Tengo que estudiar! Tenemos que hacer un trabajo para mañana…

-Está bien hija.  Pero por favor, apenas termines me llamas y te recojo.

-No te preocupes, te aviso cuando terminemos-dijo ella más aliviada.

-Está bien. Cuídate por favor.

Colgó. Y miró la foto de su esposa. Se parecía mucho a Verónica. Se acercó y las besó.

De una caja llena de fotografías que tenía en el ático, colocó varias en distintas partes de la casa. Ordenó también su librero. Y corrigió algunas noticias para la publicación del diario.  Sonó el teléfono. Dio un pequeño salto y contestó.

-Hola Papito.

-Hola Vero, ¿Quieres que ya vaya por ti?

-No Papá. Quería avisarte que… Voy a quedar a dormir en casa de Katherine. Aún nos falta mucho para terminar el trabajo.

-Pero cuando termines avísame y yo te recojo-insistió

– ¡Papá, por favor! No sé realmente a qué hora terminaremos, mejor es que me quede aquí. Los padres de Katherine están de acuerdo ¿sí? -dijo con dulzura.

-Hija, ¿Puedo llamar a la casa de Katherine?

-Sí, Papá-dijo ella segura.

Entró la llamada y contestó la misma Verónica, mientras que Katherine leía en voz baja los libros de Diseño.

-Papá, ¿Estás dudando de mí? -dijo cogiéndose la cintura.

-No, hija. No. Sólo que… Quiero… Que… estés bien.

-Estoy bien y estaré bien.

Colgaron.

Estudiaron toda la noche. También rieron y jugaron cartas. Se acostaron cerca de las 4 de la mañana rendidas, pero felices por haber terminado.

Sonó el despertador y se alistaron. El sol, color vino blanco, Verónica lo miraba desde lo alto de la ventana. Parecía dibujado en el cielo y lo resistía una bruma casi inexistente. Tomaron desayuno acompañadas de los padres de Katherine. La estimaban mucho. Habían estudiado con su hija desde el colegio y la amistad era tan grande que posteriormente decidieron estudiar lo mismo.

Intercambiaron algunas palabras con los padres de Katherine mientras guardaban los papeles que habían quedado de la noche. Se despidieron. Salieron felices.

Caminaron por la acera que las conducía a la estación del Metro para tomar la línea uno que las llevaría a la Universidad.

Verónica cerraba los ojos por momentos y respiraba esa fragancia de los grandes árboles que bordeaban la gran avenida. Le hacía recordar a su niñez, cuando su madre la llevaba de la mano al colegio.

Estando ya en la estación del metro, entró una llamada al celular de Verónica, pero por el bullicio de las personas y por el vaivén de los vagones, no pudo escucharlo. Bajaron inmediatamente por una escalera eléctrica. Había mucha gente, la mayoría eran estudiantes.  Entraron al metro. Verónica se separó. Y se topó con un sujeto empapado de sudor. Ella cayó al suelo. Él no la ayudó. Levantó la mirada y vestía una chaqueta de color amarilla.

 

 

Me levanté temprano y prendí un cigarrillo. Tenía escalofríos. Me sobre paré en el puesto de revistas y compré el diario “The Journal”. Mostraba en la página principal,  una fotografía de color negro. Me quedé sentado en una banca leyendo el contenido referente al atentado. Yo había estado cerca, pensé.  Y en letras más pequeñas, de la misma portada, mostraba una noticia sobre el suicidio de uno de los redactores del diario. Seguí caminando en busca de un Policía.