El oro y el loro

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El viejo pirata observaba detenidamente el horizonte apoyado del mástil. Las velas se inflaban y parecian aullar por el viento; grandes olas azotaban la embarcación. A mal tiempo buena cara, le dijo a su único amigo y confidente, el loro,  que llevaba en el hombro. Un barco se vislumbraba en la lejanía. Sosteniendose por cuerdas, y con dificultad al caminar,  se dirigió hacia el cañón. Esperó y prendió un puro. El mar se había calmado. Sobrevolaron gaviotas y golondrinas, mientras el  sol secaba cubierta. El barco enemigo estaba abandonado, velas  destruidas por el viento,  mástil carcomido y partido por la mitad. El pirata con espíritu aventurero, y con hambre de saqueo, saltó a la embarcación, y luego de una minuciosa exploración, arrastró un gran cofre lleno de joyas de oro. Apoyó su pata de palo en el cofre, como señal de victoria. Un airecillo le acarició el rostro, y  una pequeña lágrima le brotó de su único ojo al darse cuenta de llevar el  hombro vacío.

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