Lucidez

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Como un sosegado rayo de luz que penetra disipando  la  oscuridad,

colándose  una imagen entre los estantes  avasallados por el tiempo,

lomos amarillentos y  corroídos  de sabiduría decantada se resisten e

innumerables huellas dactilares se aparean  para no mostrar su contenido.

 

Páginas pares e impares  se contraponen, se abrazan de  dolor antes de ser

devoradas y editadas por  pequeños  insectos carroñeros que engendrarán poesía.

Los cuentos son estranguladas por la profecías  climáticas: desnudando la palabra.

Y  párrafos huérfanos  e  inexistentes yacen   abatidos por  la mutilación de su voz.

 

Mis manos contienen el  apetito  y  mis ojos el deseo ávido hasta empalagarse,

embarco desde el prólogo lujurioso  de sus aguas y fragmento el contenido.

Mi quietud se prolonga y las horas se vuelven cristales, no existen setiembres

ni pasado mañanas,  pues cada segundo construye el epílogo de mi naturaleza poética.

En los  libros: la respuesta.

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A tientas.

 

tientas

 

Obligado a decir,

a sentir y a mirar;

hablar sin callar en aumento,

¿mentir?, pues no; yo

olvidé quien era: no miento;

discrepo aún

y aúllo en silencio

por lo que no supe decir,

pues en vida callé;

allí, donde no existe

el perdón y tampoco

la piel,  luz  y viento,

pues perderé de a poco

mi único sentido:  el deber

de poder  ver a quien no

quise verlo.

 

 

 

 

Honrarás a tu padre

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Justo hoy me sentí mal, lastimado por dentro por una corazonada. Caminé más rápido. Sin proponérmelo, comencé a contar mis pasos, en algún momento sincronizados con los latidos de mi corazón. Me dirigí a la estación del metro. El bullicio era ensordecedor. Busqué protección entre la multitud. Me sentí más seguro rodeado de personas que podrían auxiliarme en caso me desvaneciera. Ingresé inmediatamente a la línea Uno del metro, me  senté en el último asiento, abracé mi bolso y me dormí.

Me costó entrar nuevamente en la realidad. Salí de la estación, caminé unas cuadras y llegué a un pasaje lleno de árboles de mediana estatura, cuyas ramas y hojas me daban de modo inofensivo en el rostro, al tiempo que trataba de esquivarlas, al igual que los peatones zigzagueantes que venían en sentido contrario.

Al fin encontré la editorial. Entré por una pequeña puerta lateral del enorme y antiguo edificio, y ascendí por una escalera sin pasamanos que parecía conducir al cielo. En el trayecto me encontré con la secretaria. Enmudecida y con una mirada indiferente, me saludó; solo asentí con la mirada y seguí subiendo aterrado, cargado además creciente temor, hasta llegar a la oficina de los editores. La puerta estaba entreabierta. Empujé lentamente y metí primero mi cabeza. Ya se encontraban ubicados en una gran mesa de madera. Pedí disculpas y me senté.

El miedo me invadió nuevamente. Transpiraron mis manos, movía las piernas debajo de la mesa y aprovechaba cualquier distracción para limpiarme el sudor en los muslos. Percibí cómo mis labios temblaban y vibraban apresuradamente al responder las preguntas que me hacían. Ya no quería estar ahí. El editor sentado frente a mí me ofreció un vaso de agua que casi apuré al instante. Esto no es para mí, pensé.

Me hicieron varias preguntas sobre el texto, pero no supe responderlas, mis respuestas no sabían ser precisas. Ellos se miraban entre sí, pareciendo solo hablarse con los ojos, en una lengua de la cual estaba excluido. Tomé un poco de aire. Recordé la vez que mi padre no ganó un concurso de poesía en la universidad. Dicen que quedó tan afectado que regaló todos los libros de su pequeña biblioteca.

Al mismo tiempo que escuchaba a los editores me decía que nunca hacía bien las cosas, que cada vez que me proponía algo, a pesar del esfuerzo que le ponía, no lo conseguía. Uno de mis sueños era ser escritor, pero aún no me sentía preparado. “Estoy demás aquí, no debí venir nunca. Tendré que regalar también mi biblioteca. Odio ser yo, odio a mi padre”, me dije amargamente.

El editor sentado frente a mí hojeaba minuciosamente cada una de las hojas del texto. Parecía un juez con el poder de decidir sobre mi vida. Levantaba lentamente la montura de sus lentes con su índice derecho mientras sometía a escrutinio con detenimiento cada párrafo, frase, palabra e incluso letra. Con la otra mano sujetaba la hoja y la hacía crujir al momento de pasar de página. Volví a transpirar, esta vez por la frente y otra vez por las manos.

Detuvo su revisión y le comento algo al hombre mayor de cabello ralo que tenía al lado. Vestía de tinterillo. Lucía una camisa tan amarillenta como las hojas de mi cuento. Observó las hojas garabateadas por el editor y movió la cabeza. Metieron el impreso en un sobre blanco, agradecieron por mi tiempo y salieron conversando. Quedé solo, esperando.

Quise llamar a mi madre para no sentir más angustia y soledad, necesitaba ser escuchado, comunicarme, decir que yo también me había equivocado con respecto a mi vocación, que desde pequeño cargaba ya con el peso de la misma frustración que abatió a mi padre. Deseaba abrazarla, quejarme de dolor, llorar. Cerré lentamente los ojos, pasé infinitos segundos en blanco y vi a mi difunto padre a lo lejos. Me metí en él, percibí lo idénticos que éramos y lo entendí. A pesar de que nunca lo conocí, sentí como propio el frío de su corazón.

Alguien me tocó el hombro, abrí los ojos. Era la secretaria. El miedo y la ansiedad habían desaparecido. Ya no me importaba lo que pasara con mi carrera de escritor. Había estado con mi padre. Me entregó el sobre de mi manuscrito y me dijo que los editores me llamarían.

Regresé a casa abrazar a mi madre y pedirle que me cuente más sobre su esposo. Cuando me preguntó qué tal me había ido, le entregué mi manuscrito y me senté frente a ella. Abrió el sobre, miró algunas correcciones en tinta roja y levantó la mirada, los ojos cubiertos de lágrimas. Se retiró los lentes y me mostró la última hoja. “Lista para imprimir. Aceptada”, decía en una nerviosa letra corrida.

SOLILOQUIO DEL INDIVIDUO (Nicanor Parra)

 

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Yo soy el Individuo.
Primero viví en una roca
(Allí grabé algunas figuras).
Luego busqué un lugar más apropiado.
Yo soy el Individuo.
Primero tuve que procurarme alimentos,
Buscar peces, pájaros, buscar leña,
(Ya me preocuparía de los demás asuntos).
Hacer una fogata,
Leña, leña, dónde encontrar un poco de leña,
Algo de leña para hacer una fogata,
Yo soy el Individuo.
Al mismo tiempo me pregunté,
Fui a un abismo lleno de aire;
Me respondió una voz:
Yo soy el Individuo.
Después traté de cambiarme a otra roca,
Allí también grabé figuras,
Grabé un río, búfalos,
Grabé una serpiente
Yo soy el Individuo.
Pero no. Me aburrí de las cosas que hacía,
El fuego me molestaba,
Quería ver más,
Yo soy el Individuo.
Bajé a un valle regado por un río,
Allí encontré lo que necesitaba,
Encontré un pueblo salvaje,
Una tribu,
Yo soy el Individuo.
Vi que allí se hacían algunas cosas,
Figuras grababan en las rocas,
Hacían fuego, ¡también hacían fuego!
Yo soy el Individuo.
Me preguntaron que de dónde venía.
Contesté que sí, que no tenía planes determinados,
Contesté que no, que de allí en adelante.
Bien.
Tomé entonces un trozo de piedra que encontré en un río
Y empecé a trabajar con ella,
Empecé a pulirla,
De ella hice una parte de mi propia vida.
Pero esto es demasiado largo.
Corté unos árboles para navegar,
Buscaba peces,
Buscaba diferentes cosas,
(Yo soy el Individuo).
Hasta que me empecé a aburrir nuevamente.
Las tempestades aburren,
Los truenos, los relámpagos,
Yo soy el Individuo.
Bien. Me puse a pensar un poco,
Preguntas estúpidas se me venían a la cabeza.
Falsos problemas.
Entonces empecé a vagar por unos bosques.
Llegué a un árbol y a otro árbol;
Llegué a una fuente,
A una fosa en que se veían algunas ratas:
Aquí vengo yo, dije entonces,
¿Habéis visto por aquí una tribu,
Un pueblo salvaje que hace fuego?
De este modo me desplacé hacia el oeste
Acompañado por otros seres,
O más bien solo.
Para ver hay que creer, me decían,
Yo soy el Individuo.
Formas veía en la obscuridad,
Nubes tal vez,
Tal vez veía nubes, veía relámpagos,
A todo esto habían pasado ya varios días,
Yo me sentía morir;
Inventé unas máquinas,
Construí relojes,
Armas, vehículos,
Yo soy el Individuo.
Apenas tenía tiempo para enterrar a mis muertos,
Apenas tenía tiempo para sembrar,
Yo soy el Individuo.
Años más tarde concebí unas cosas,
Unas formas,
Crucé las fronteras
y permanecí fijo en una especie de nicho,
En una barca que navegó cuarenta días,
Cuarenta noches,
Yo soy el Individuo.
Luego vinieron unas sequías,
Vinieron unas guerras,
Tipos de color entraron al valle,
Pero yo debía seguir adelante,
Debía producir.
Produje ciencia, verdades inmutables,
Produje tanagras,
Di a luz libros de miles de páginas,
Se me hinchó la cara,
Construí un fonógrafo,
La máquina de coser,
Empezaron a aparecer los primeros automóviles,
Yo soy el Individuo.
Alguien segregaba planetas,
¡Árboles segregaba!
Pero yo segregaba herramientas,
Muebles, útiles de escritorio,
Yo soy el Individuo.
Se construyeron también ciudades,
Rutas
Instituciones religiosas pasaron de moda,
Buscaban dicha, buscaban felicidad,
Yo soy el Individuo.
Después me dediqué mejor a viajar,
A practicar, a practicar idiomas,
Idiomas,
Yo soy el Individuo.
Miré por una cerradura,
Sí, miré, qué digo, miré,
Para salir de la duda miré,
Detrás de unas cortinas,
Yo soy el Individuo.
Bien.
Mejor es tal vez que vuelva a ese valle,
A esa roca que me sirvió de hogar,
Y empiece a grabar de nuevo,
De atrás para adelante grabar
El mundo al revés.
Pero no: la vida no tiene sentido.