Edson

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Le pusieron Edson, como el gran futbolista Brasileño,  pero nunca supo patear una pelota. Tampoco le gustaban los autos, las peleas y demás juegos en patota. Jugaba con muñecas, no por alguna desviación sexual, sino porque desde muy pequeño ya  mostraba sus dotes profesionales. Las desvestía y les dibujaba marcas rojas en varias partes de su cuerpo y con una navaja le hacía inserciones o le quitaba dedos de manos y pies. Sus padres,  también doctores, lo enviaron a estudiar medicina a la capital. En el colegio, cuando iba a orinar, esperaba que no  haya  nadie. Tenía vergüenza que lo miren y se burlen de él. Ya de adolescente cuando practicaba gimnasia, al momento de ducharse, entraba con toalla envuelta a la cintura y luego se veía una mano colgándola en el borde. Había momentos que se  demoraba casi  media hora  en la ducha esperando que no se escuche ninguna voz para poder salir y cambiarse. Una vez, dos compañeros se escondieron tras una puerta y lo vieron salir de la ducha con su trusa mojada. No se la sacaba al bañarse. Cuando ingresó a la universidad se dedicó solo a estudiar. No participaba en nada diferente a  los estudios. Al momento que iba al baño hacia los mismos procedimientos que de pequeño. Aunque ya  no era pequeño, pero por algo lo hacía.

Obtuvo notas sobresalientes en su carrera de medicina y se especializó en Cirugía, obteniendo  el primer puesto de toda su promoción. Al egresar lo contrató una  de las  más prestigiosas clínicas del país, donde permaneció 4 años, desempeñándose exitosamente y con posibilidades de poder llevar estudios en el extranjero. Hasta que se enamoró. Conoció a una doctora mucho mayor que él, pero al mes: volvió a quedarse solo. Nunca se sintió tan mal por esta separación. Odiaba la vida, no se quería, no se aceptaba.

Renunció  a su trabajo y se alejó de su  familia. Alquiló un último piso de un edificio en una calle  donde las casas aledañas parecían derruidas. Ahí puso un pequeño  consultorio. Atendía cirugías mayores y menores de  personas de bajos recursos. Muchos del vecindario habían pasado por el bisturí de Edson. Los  pocos ingresos que tenía los gastaba en alcohol. Pues sí, para tomar. No gastaba en implementos para sus operaciones pues la anestesia,  hilo y demás, se los pedía a los pacientes. Una vez entró un paciente con la cara ensangrentada, le habían cortado la ceja de un botellazo en una riña. Edson lo intervino y terminaron alcoholizados en el consultorio.

Tuvo  problemas con los vecinos del edificio,  pues subían parejas con bolsas llenas de botellas de licor, y por fuera del consultorio se escuchaba risas, y avanzada la noche: gritos, llantos, golpes y vidrios rotos. Esto pasaba siempre entre parejas.  Pero a él nunca lo acompañaba una mujer.

Los vecinos estaban cansados de él, cada vez era peor, todos se quejaban con el conserje del edificio: con  Peter, hombre de mediana estatura, de bigote ralo y de una panza pronunciada. Ante las quejas de los vecinos subía furioso por las escaleras mientras pelaba una mandarina, se metía varios  gajos y escupía las pepas en su puño mientras que con la otra tocaba la puerta fuertemente. Edson, lo dejaba pasar. Eran muy buenos amigos. En una oportunidad  operó a su hija de un quiste que le había salido a la altura del ojo. Peter no tenía como agradecerlo. Muchas veces ambos se quedaban bebiendo hasta al amanecer, inconscientes por el alcohol.

Peter, al estar en deuda con él, le llevó aquella noche una amiga que había venido de Pucallpa, era  una mujer de 30 años, de muslos gruesos, y una cintura fina, tenía bustos grandes que cuando la dejó pasar éste no pudo quitarle la mirada. La invitó a sentarse en una pequeña silla donde sus muslos sobresalían. Lo miró a los ojos, le sonrió y se pasó la mano colocándose  todo su cabello negro a un solo lado. Llevaba una pequeña falda negra que cuando cruzó las piernas, Edson se perdía entre ese espacio oscuro triangular  en que todos queremos estar.

Peter abrió una botella de Pisco y empezaron a beber. Edson tenia comportamientos extraños, se enredaba al hablar y se le caían las cosas de la mano. Peter alababa a su amigo  y contaba historias de pacientes que se atendían en el consultorio. Estuvieron tomando varias horas más. La noche empezó a sentirse de noche, las risas y miradas ya eran diferentes, una nueva sensación reavivaba la chispa de Edson que  la tenía apagada hace muchos años, tantos como toda su vida. Se sirvió un vaso y se sentó junto a ella. Se sentía muy atraído por esa mujer pues en esa posición era indudablemente irresistible. Estaba encendido. Ella miraba sus labios mientras se mordía los suyos.  Ella cogió su pierna y le hacía circulitos en su rodilla. El tímidamente tocó su muslo y comenzó a apretar fuertemente, acercándose a su cuello y pasándole la lengua hasta llegar atrás de su oreja. Ella levantó la mirada y apretó con sus dos manos  la pierna de él. Se levantó, la cogió del brazo y la llevó  al baño, se escuchó que quería ponerle pestillo a la puerta pero después de varios intentos hubo  un silencio.   Se escuchó un grito y luego risas. Ella salió del baño  corriendo y salió del consultorio. Peter se sirvió un vaso lleno y prendió un cigarro. Se acercó a la puerta del baño donde se apoyó de espaldas con la botella en mano, tocó tres veces seguidas, luego tocó dos y luego una. Otro silencio. Edson nunca fue el Rey.

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