Esperando la Noche

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-¡Lárgate de esta casa!

-Pero debes creerme, por favor.

-¡No te creo ni lo que comes! ¡Eres una perra! ¡Lárgate Carajo!

La cogí del brazo fuertemente y la impulsé hacia la calle, ella quedó mirándome y luego  bajó su mirada, le recorrían lágrimas oscuras debido al maquillaje. Empujé la puerta de una patada, y el cuadro de Cristo se tambaleó pero no cayó esta vez. Había madurado. Ahora era grande.

Jamás la volví a ver. A pesar que solo la vi esa tarde. Fui a la cocina saqué de la heladera una cerveza, y me dirigí a la sala, encendí un cigarrillo, éste me hacía toser mucho, quería fumar y fumar, una vez extinguido prendía uno y otro. Nadie me decía nada. Podía hacer todo  lo que me dé la gana. Al quinto me empecé a marear, sentía que se me revolvía todo y prendí la tele. Estuve  cerca de dos horas mirando la pantalla, nos habían cortado la señal del cable. No  habíamos cancelado los recibos. No quería pensar en ella, pero se me hacía difícil no pensar. Estaba muy dolido por todo lo que me había hecho.

No quise entrar en mi habitación, sabía que nuevamente  pensaría en ella o tal vez encontraría algo que me haga recordarla: alguna prenda, su olor o algo que me haga recordar de la noche anterior.

Desperté a media noche, seguía en el sofá,  el televisor aún estaba prendido dándole una iluminación azul al lugar donde me encontraba. No apagué la tele. Dejé todo igual. Me dirigí a la cocina y saqué un cuchillo, me puse una chaqueta de cuero y salí.

Prendí un cigarrillo y empecé a caminar. La noche estaba muy fría y misteriosa, la neblina estaba habitando por las calles, y una llovizna muy tímida impedía la visibilidad de mi trayecto.

Las veredas se encontraban húmedas y en las pistas ya se habían formado charcos de agua que eran arrasadas por taxis que circulaban a esa hora de la noche. Las calles estaban vacías, solo  escuchaba los pasos que iba dando al caminar, al frente mío solo me iluminaba los postes de luz que por la densa neblina no iluminaban en su totalidad. Mientras fumaba me seguía una nube azulada que se elevaba y se mezclaba con la neblina. Me quedé parado en una esquina hasta que paré un taxi y  subí.

-Lléveme a esta dirección por favor-dije entregándole el papel y  sin mirar el rostro del conductor.

-Muy bien,  son 15 dólares y no tengo cambio.-dijo

-Quédese con el cambio.

Me comencé a calentar las manos, tenía mucho frío, mi cuerpo estaba descompuesto. Soplé ambas manos, luego las frotaba en mis muslos pero al no poder calentarlas  las coloqué debajo de mis piernas.

El taxista me miró de reojo y prendió la calefacción. Subió el volumen de la radio, se escuchaba el canto de una mujer mayor con una voz finísima, apenas podía escucharla, al reparar lo que decía esta cantante me di cuenta que  hablaba sobre el sufrimiento.

El taxista, era un gordo de piel oscura, tenía unos ojos pequeños y un lunar inmenso al lado de la esa nariz grande y gorda, olía a grasa, parecía vivir en su auto, tenía unos dedos gruesos y un anillo a punto de reventar. Llevaba una chaqueta plomiza de dónde sacó una cajetilla de cigarros ofreciéndome coger alguno. Le agradecí pero no quería fumar. Paramos en el semáforo, la luna se había llenado de pequeñas gotas de lluvia impidiendo la visibilidad, sacó por la ventana su brazo y empezó a limpiar con una franela el vidrio del auto.

-¿Qué hace por estas horas de la noche?-me preguntó casi sin abrir la boca, pues  mantenía de un lado el cigarrillo prendido.

-Nada, todo bien-Contesté. No quería conversar  en ese momento y menos después de lo que había pasado, menos a esa hora de la noche y menos con él.

-La calle es peligrosa, amigo-dijo quejándose  ya que el vidrio nuevamente estaba lleno de gotas.

-Debe ser- dije de una manera para cortar la conversación. Mientras  observaba las calles desoladas y oscuras.

Metí mis manos a los  bolsillos y me di cuenta que contaba con  el cuchillo. Estaba preparado para cualquier cosa.

Avanzamos algunas cuadras más, y llegamos a una estación de grifo, no había nadie en ella.

-Voy a los servicios, ya regreso

-Está bien

Sacó la llave del contacto. Hizo varios movimientos para poder  salir del auto pues era muy gordo. Tenía la cara grasosa y  por el esfuerzo de salir se le lleno la frente de sudor. Cerró la puerta y bajó los pestillos. La polera se le había subido y pude ver que tenía  un arma bajo su pantalón. Abrí los ojos y se me cortó la respiración. Me quedé inmóvil por un segundo sin saber qué hacer, mientras el conductor empujaba con su panza la puerta de los servicios higiénicos.

Sentí miedo. Traté de salir del auto pero los pestillos de seguridad de las puertas eran eléctricos.

-¡Mierda!-dije asustado y mordiéndome las uñas sin saber que hacer.

Abrí la guantera y habían papeles doblados, traté de buscar algo con que romper el vidrio. Busqué  también debajo de mi asiento algún tipo de fierro pero sin éxito.

Me saqué el cinturón de seguridad, y me puse a buscar por la parte de atrás. Tenía la cabeza metida debajo del asiento. Un fuerte golpe sentí en el vidrio. Me hizo levantar de donde estaba, era él.

Abrió la puerta, se sentó y el auto se tambaleó. Se había puesto  un pañuelo cubriéndose la boca y además guantes oscuros.

-¿Algo has perdido?-dijo levantando la ceja.

-No, se me cayeron unas monedas pero no importa.

-Felizmente estas acá seguro conmigo- dijo riéndose y mirándome de reojo.

Eso me asusto más. Estaba pensando en cómo salir del auto. Ahora si estaba en peligro. Él estaba armado y se había preparado para hacerme algo. Tenía pocos segundos para saber cómo escapar. Me tranquilicé. << Los pestillos de las puertas estaban bloqueados. Si le tiro un puñete en su cara gorda resistirá el golpe. Debo golpearle la cabeza, o taparle los ojos y girar el timón fuertemente hasta chocar con algo>>

Nos detuvimos nuevamente en un cruce, sacó la mano y limpió el vidrio. << Es momento>> Aproveché  que estaba distraído. Cogí  la llave del contacto. Giré y la saqué. El motor se apagó. Las luces también  se apagaron. La noche se hizo más oscura,  estábamos en medio de la nada. La pista estaba húmeda, no se veía nada. Cogí el cuchillo y con la otra mano abrí la puerta. Me cogió del brazo impidiendo que saliera. Metió su otra mano en su pantalón, sentí el arma en mi frente.

¡Noooooo!-Grité. Tenía una almohada en la cara. Aun no podía ver nada. La almohada se encontraba mojada. <<Está llena de sangre >>

-¡Miguel! ¡Levántate de una vez! ¿Qué carajo te pasa? .Tienes que ir al colegio. No has estudiado nada para los exámenes, has dejado todo regado, tu cuarto es un desorden, ni siquiera has lustrado tus zapatos…esto es lo de  siempre. Tengo un hijo que no me apoya en nada. Vas a ser un vago…-continuaba hablando mi madre mientras se dirigía a la cocina a prepararme el desayuno.

Me quedé sentado un rato en mi cama pensando en mi sueño, estaba mucho más tranquilo, sabiendo que todo había sido una pesadilla, había soñado que era ya  adulto. Me empecé a mirar los brazos, aún era un adolescente. Me sentí extraño, sin saber realmente, donde quería estar. En mi sueño había tenido una casa, muy parecida a la que vivo, tenía una  novia y  la había botado de mi vida…Respiré profundo,  felizmente todo era irreal. << ¿Felizmente?>> Aun seguía siendo un adolescente. Me quedé en paz. << ¿Estoy en paz? >>. Me dirigí al baño, me lavé la cara. Y mientras me secaba con la toalla  pensé: << ¿Me gustaba lo que había soñado?  ¿Ese tipo de vida que había recorrido en mi sueño, era lo que quería? ¿Por qué era adulto? ¿Que buscaba? ¿Por qué cargaba un cuchillo?, ¡Dios que feo y gordo taxista! ¡Qué feo lo que soñé! ¿Feo?>>

-¡Miguel, por Dios! ¡Vas a llegar tarde!-dijo enfurecida mi madre.

-¡Ya voy mamá!-dije entre dientes.

-¡Hijo de mierda!  ¡Siempre es lo mismo ¡¡Quiero morirme!

-¡Estoy yendo!-dije. Desde la ventana vi que estaba nublado .Cogí mi chaqueta y la puse en el hombro.

-Miguel, llévate la  llave de mierda, regresaré mañana temprano. Come lo que encuentres, si puedes comer tu mierda. ¡Cómela!

Me empecé a sentir mal. Sentía que tenía sangre en la cara. Tenía mis brazos estirados y mis manos en puño. Lo único que hice fue asentar con la cabeza.

-¿Qué carajo tienes? ¡Ya es hora de ir al maldito Colegio¡ No debes ser igual que  tu padre. Nunca  lo conociste y no lo conocerás. Estoy cansada de todo esto, y tú lo único que haces es darme problemas y hacer siempre lo que te da la gana. ¡Eres un haragán!

-Mamá, no tengo con quien conversar, cuando regreso del colegio, necesito que me ayudes con las tareas y siempre estoy solo, siempre regresas oliendo a licor, llegas con moretones, siempre te veo con diferentes hombres en tu habitación-dije derramando lágrimas de dolor y enfurecido.

Mi madre cogió una cerveza de la nevera y se la tomó en un sorbo, prendió un cigarrillo y se largó  de la casa tirando la puerta.

Me quedé con la mochila en la mano. Se abrió nuevamente la puerta y me sujetó fuertemente del brazo y  trató de llevarme a la calle. Pero pude zafarme de ella.

Sabía que mi madre trabajaba en un bar,  y yo había sido el hijo de uno de sus clientes. Ella había  estado en la cárcel un par de años antes de que yo naciera. Me lo contó mi padre un mes antes que falleciera de una forma extraña. Mi cabeza se puso caliente y mis ojos me quemaban, desde el interior del  estomago se fue formando una fuerza extraña, empecé a tener mucha ira , ésta fue aumentando y aumentando,  no aguanté y de la nada me lancé a ella,  la empujé y la hice retroceder y le grité: ¡Putaaaaaaaaaaaa!

Dejó su bolso, me tiró el manojo de llaves en el pecho.- ¡Eres una mierda de hijo!

Me agarró de los pelos y me arrastró unos metros. Me dolió y me llené de valor, como nunca lo había hecho en mi vida. Me  levanté. Y mientras ella salía nuevamente  le tiré una patada en la espalda y le dije: “Lárgate de esta casa.” ”Lárgate Mierda”

Cerré  la puerta tan fuerte que el cuadro que teníamos  de Cristo  cayó al piso haciéndose trizas. Lo pateé, me acerqué a la cocina y saqué una cerveza. Me dirigí a la sala y prendí la tele, pero no había señal, no  habíamos pagado los recibos del cable.

Me quedé tumbado en el sofá, mirando la nada, esperé que anocheciera. Salí de la casa con un cuchillo,  tomé un taxi en la esquina,  miré al  conductor  y éste era muy pero muy gordo y feo.

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