Esperando la Noche

carretera-nocturna-cubierta-de-niebla

 

-¡Lárgate de esta casa!

-Pero debes creerme, por favor.

-¡No te creo ni lo que comes! ¡Eres una perra! ¡Lárgate Carajo!

La cogí del brazo fuertemente y la impulsé hacia la calle, ella quedó mirándome y luego  bajó su mirada, le recorrían lágrimas oscuras debido al maquillaje. Empujé la puerta de una patada, y el cuadro de Cristo se tambaleó pero no cayó esta vez. Había madurado. Ahora era grande.

Jamás la volví a ver. A pesar que solo la vi esa tarde. Fui a la cocina saqué de la heladera una cerveza, y me dirigí a la sala, encendí un cigarrillo, éste me hacía toser mucho, quería fumar y fumar, una vez extinguido prendía uno y otro. Nadie me decía nada. Podía hacer todo  lo que me dé la gana. Al quinto me empecé a marear, sentía que se me revolvía todo y prendí la tele. Estuve  cerca de dos horas mirando la pantalla, nos habían cortado la señal del cable. No  habíamos cancelado los recibos. No quería pensar en ella, pero se me hacía difícil no pensar. Estaba muy dolido por todo lo que me había hecho.

No quise entrar en mi habitación, sabía que nuevamente  pensaría en ella o tal vez encontraría algo que me haga recordarla: alguna prenda, su olor o algo que me haga recordar de la noche anterior.

Desperté a media noche, seguía en el sofá,  el televisor aún estaba prendido dándole una iluminación azul al lugar donde me encontraba. No apagué la tele. Dejé todo igual. Me dirigí a la cocina y saqué un cuchillo, me puse una chaqueta de cuero y salí.

Prendí un cigarrillo y empecé a caminar. La noche estaba muy fría y misteriosa, la neblina estaba habitando por las calles, y una llovizna muy tímida impedía la visibilidad de mi trayecto.

Las veredas se encontraban húmedas y en las pistas ya se habían formado charcos de agua que eran arrasadas por taxis que circulaban a esa hora de la noche. Las calles estaban vacías, solo  escuchaba los pasos que iba dando al caminar, al frente mío solo me iluminaba los postes de luz que por la densa neblina no iluminaban en su totalidad. Mientras fumaba me seguía una nube azulada que se elevaba y se mezclaba con la neblina. Me quedé parado en una esquina hasta que paré un taxi y  subí.

-Lléveme a esta dirección por favor-dije entregándole el papel y  sin mirar el rostro del conductor.

-Muy bien,  son 15 dólares y no tengo cambio.-dijo

-Quédese con el cambio.

Me comencé a calentar las manos, tenía mucho frío, mi cuerpo estaba descompuesto. Soplé ambas manos, luego las frotaba en mis muslos pero al no poder calentarlas  las coloqué debajo de mis piernas.

El taxista me miró de reojo y prendió la calefacción. Subió el volumen de la radio, se escuchaba el canto de una mujer mayor con una voz finísima, apenas podía escucharla, al reparar lo que decía esta cantante me di cuenta que  hablaba sobre el sufrimiento.

El taxista, era un gordo de piel oscura, tenía unos ojos pequeños y un lunar inmenso al lado de la esa nariz grande y gorda, olía a grasa, parecía vivir en su auto, tenía unos dedos gruesos y un anillo a punto de reventar. Llevaba una chaqueta plomiza de dónde sacó una cajetilla de cigarros ofreciéndome coger alguno. Le agradecí pero no quería fumar. Paramos en el semáforo, la luna se había llenado de pequeñas gotas de lluvia impidiendo la visibilidad, sacó por la ventana su brazo y empezó a limpiar con una franela el vidrio del auto.

-¿Qué hace por estas horas de la noche?-me preguntó casi sin abrir la boca, pues  mantenía de un lado el cigarrillo prendido.

-Nada, todo bien-Contesté. No quería conversar  en ese momento y menos después de lo que había pasado, menos a esa hora de la noche y menos con él.

-La calle es peligrosa, amigo-dijo quejándose  ya que el vidrio nuevamente estaba lleno de gotas.

-Debe ser- dije de una manera para cortar la conversación. Mientras  observaba las calles desoladas y oscuras.

Metí mis manos a los  bolsillos y me di cuenta que contaba con  el cuchillo. Estaba preparado para cualquier cosa.

Avanzamos algunas cuadras más, y llegamos a una estación de grifo, no había nadie en ella.

-Voy a los servicios, ya regreso

-Está bien

Sacó la llave del contacto. Hizo varios movimientos para poder  salir del auto pues era muy gordo. Tenía la cara grasosa y  por el esfuerzo de salir se le lleno la frente de sudor. Cerró la puerta y bajó los pestillos. La polera se le había subido y pude ver que tenía  un arma bajo su pantalón. Abrí los ojos y se me cortó la respiración. Me quedé inmóvil por un segundo sin saber qué hacer, mientras el conductor empujaba con su panza la puerta de los servicios higiénicos.

Sentí miedo. Traté de salir del auto pero los pestillos de seguridad de las puertas eran eléctricos.

-¡Mierda!-dije asustado y mordiéndome las uñas sin saber que hacer.

Abrí la guantera y habían papeles doblados, traté de buscar algo con que romper el vidrio. Busqué  también debajo de mi asiento algún tipo de fierro pero sin éxito.

Me saqué el cinturón de seguridad, y me puse a buscar por la parte de atrás. Tenía la cabeza metida debajo del asiento. Un fuerte golpe sentí en el vidrio. Me hizo levantar de donde estaba, era él.

Abrió la puerta, se sentó y el auto se tambaleó. Se había puesto  un pañuelo cubriéndose la boca y además guantes oscuros.

-¿Algo has perdido?-dijo levantando la ceja.

-No, se me cayeron unas monedas pero no importa.

-Felizmente estas acá seguro conmigo- dijo riéndose y mirándome de reojo.

Eso me asusto más. Estaba pensando en cómo salir del auto. Ahora si estaba en peligro. Él estaba armado y se había preparado para hacerme algo. Tenía pocos segundos para saber cómo escapar. Me tranquilicé. << Los pestillos de las puertas estaban bloqueados. Si le tiro un puñete en su cara gorda resistirá el golpe. Debo golpearle la cabeza, o taparle los ojos y girar el timón fuertemente hasta chocar con algo>>

Nos detuvimos nuevamente en un cruce, sacó la mano y limpió el vidrio. << Es momento>> Aproveché  que estaba distraído. Cogí  la llave del contacto. Giré y la saqué. El motor se apagó. Las luces también  se apagaron. La noche se hizo más oscura,  estábamos en medio de la nada. La pista estaba húmeda, no se veía nada. Cogí el cuchillo y con la otra mano abrí la puerta. Me cogió del brazo impidiendo que saliera. Metió su otra mano en su pantalón, sentí el arma en mi frente.

¡Noooooo!-Grité. Tenía una almohada en la cara. Aun no podía ver nada. La almohada se encontraba mojada. <<Está llena de sangre >>

-¡Miguel! ¡Levántate de una vez! ¿Qué carajo te pasa? .Tienes que ir al colegio. No has estudiado nada para los exámenes, has dejado todo regado, tu cuarto es un desorden, ni siquiera has lustrado tus zapatos…esto es lo de  siempre. Tengo un hijo que no me apoya en nada. Vas a ser un vago…-continuaba hablando mi madre mientras se dirigía a la cocina a prepararme el desayuno.

Me quedé sentado un rato en mi cama pensando en mi sueño, estaba mucho más tranquilo, sabiendo que todo había sido una pesadilla, había soñado que era ya  adulto. Me empecé a mirar los brazos, aún era un adolescente. Me sentí extraño, sin saber realmente, donde quería estar. En mi sueño había tenido una casa, muy parecida a la que vivo, tenía una  novia y  la había botado de mi vida…Respiré profundo,  felizmente todo era irreal. << ¿Felizmente?>> Aun seguía siendo un adolescente. Me quedé en paz. << ¿Estoy en paz? >>. Me dirigí al baño, me lavé la cara. Y mientras me secaba con la toalla  pensé: << ¿Me gustaba lo que había soñado?  ¿Ese tipo de vida que había recorrido en mi sueño, era lo que quería? ¿Por qué era adulto? ¿Que buscaba? ¿Por qué cargaba un cuchillo?, ¡Dios que feo y gordo taxista! ¡Qué feo lo que soñé! ¿Feo?>>

-¡Miguel, por Dios! ¡Vas a llegar tarde!-dijo enfurecida mi madre.

-¡Ya voy mamá!-dije entre dientes.

-¡Hijo de mierda!  ¡Siempre es lo mismo ¡¡Quiero morirme!

-¡Estoy yendo!-dije. Desde la ventana vi que estaba nublado .Cogí mi chaqueta y la puse en el hombro.

-Miguel, llévate la  llave de mierda, regresaré mañana temprano. Come lo que encuentres, si puedes comer tu mierda. ¡Cómela!

Me empecé a sentir mal. Sentía que tenía sangre en la cara. Tenía mis brazos estirados y mis manos en puño. Lo único que hice fue asentar con la cabeza.

-¿Qué carajo tienes? ¡Ya es hora de ir al maldito Colegio¡ No debes ser igual que  tu padre. Nunca  lo conociste y no lo conocerás. Estoy cansada de todo esto, y tú lo único que haces es darme problemas y hacer siempre lo que te da la gana. ¡Eres un haragán!

-Mamá, no tengo con quien conversar, cuando regreso del colegio, necesito que me ayudes con las tareas y siempre estoy solo, siempre regresas oliendo a licor, llegas con moretones, siempre te veo con diferentes hombres en tu habitación-dije derramando lágrimas de dolor y enfurecido.

Mi madre cogió una cerveza de la nevera y se la tomó en un sorbo, prendió un cigarrillo y se largó  de la casa tirando la puerta.

Me quedé con la mochila en la mano. Se abrió nuevamente la puerta y me sujetó fuertemente del brazo y  trató de llevarme a la calle. Pero pude zafarme de ella.

Sabía que mi madre trabajaba en un bar,  y yo había sido el hijo de uno de sus clientes. Ella había  estado en la cárcel un par de años antes de que yo naciera. Me lo contó mi padre un mes antes que falleciera de una forma extraña. Mi cabeza se puso caliente y mis ojos me quemaban, desde el interior del  estomago se fue formando una fuerza extraña, empecé a tener mucha ira , ésta fue aumentando y aumentando,  no aguanté y de la nada me lancé a ella,  la empujé y la hice retroceder y le grité: ¡Putaaaaaaaaaaaa!

Dejó su bolso, me tiró el manojo de llaves en el pecho.- ¡Eres una mierda de hijo!

Me agarró de los pelos y me arrastró unos metros. Me dolió y me llené de valor, como nunca lo había hecho en mi vida. Me  levanté. Y mientras ella salía nuevamente  le tiré una patada en la espalda y le dije: “Lárgate de esta casa.” ”Lárgate Mierda”

Cerré  la puerta tan fuerte que el cuadro que teníamos  de Cristo  cayó al piso haciéndose trizas. Lo pateé, me acerqué a la cocina y saqué una cerveza. Me dirigí a la sala y prendí la tele, pero no había señal, no  habíamos pagado los recibos del cable.

Me quedé tumbado en el sofá, mirando la nada, esperé que anocheciera. Salí de la casa con un cuchillo,  tomé un taxi en la esquina,  miré al  conductor  y éste era muy pero muy gordo y feo.

Anuncios

Ranura artística ( el ojo de tu alma)

img_0144

Cada color sobrepuesto refleja una parte de tu alma, el contraste remarca lo incoherente así como los problemas cotidianos: lo que aún no ha conocido tu personalidad.

Todos tenemos un lado malvado y desconocido, muy difícil de explorar, algunas veces nos ocultamos bajo la oscuridad de su sombra, es un lugar muy frío y sin ruido, ahí escondemos  nuestra timidez, fracasos y miedos.

Otras  veces reaccionamos desde ese lado y hacemos  mucho daño. Nos escabullimos nuevamente enterrando la cabeza y derramamos lágrimas que solo la vemos nosotros, nos alejamos de las personas y la sociedad: en ese dolor o ranura es donde tenemos que situarnos para mirar el mundo, obteniendo una realidad distinta sobre la vida. Empezará a brotar la creatividad literaria y así podremos  encontrar nuestro centro que tanto andamos buscando. No escribamos desde el bosque que es la superficie de la vida, situémonos abajo por el subsuelo donde está lo interesante. Lo que verdaderamente tu alma quiere decir, lo que esconde tu “yo” interior.

Momento

image

Cada segundo, cada instante, todo se congela al frente mío, las palomas se detienen con sus alas abiertas al viento, dos mariposas quedan suspendidas al pie de unos pétalos lilas, los geranios tras su fecundación esperan  con sus estambres abiertos a las abejas para hacer beber el néctar purísimo de su elaboración, las voces de los niños quedaron quietas retumbando en el espacio, el eco no parece escucharse, quedó todo en silencio, esta quietud me anima a encender  un cigarrillo. Pero debo  esperar que pase este instante, donde el tiempo y las almas se detienen, el ruido se calla, pero no para siempre, debo esperar que pase. Abro los ojos y las cenizas se las lleva el viento.

 

Pensar sin estar

img_0112

Sé que tengo,

pero no tengo nada,

trato de pensar en algo y el vacío me abandona,

caigo en pensamientos: todos en blanco.

Blanco es la pureza, pero también mi pensamiento,

sin odios ni temores,

exploro y pienso en no hacer nada,

dedico mis horas a pensar,

y cuando dejo de hacerlo pienso en los momentos

que volverá a iluminar mi mente

y así volver a pensar.

Éstas líneas son para  la claridad y  la oscuridad del pensamiento,

por la libertad de poder hacerlo,

durante muchas  horas de  trabajo,

mientras pueda pensar y hacer lo que realmente me inquieta,

hacerlo por mí y nadie más,  en cualquier momento.

Seguir sin Libertad

whis

 

No me encontraba del todo bien, tenía en mi mano un vaso de whisky  con cuatro hielos, un  cigarro prendido entre mis dedos, cada vez  había más humo en mi habitación,  hasta tenía mucha dificultad de ver la pantalla del ordenador. Cada cierto momento después de darle una calada al cigarro, tocia remeciendo mi caja torácica que  parecía arrancar mis bronquios, tenía una torre de libros llenos de polvo y algunos  leídos a la mitad, no me dedicaba tiempo a lo que realmente quería hacer,  andaba aburrido de todo, hasta de las historias de algunos autores.  Tenía vasos sucios de todos los colores en el escritorio, moscas se posaban en sus bordes para lamer las sobras pegoteadas en su interior, eran rojizas, amarillentas y marrones, lo raro era que no tenía asco.

El reloj ya no marcaba la hora, se había quedado sin energía,  mi mente también, la tele no la prendía desde hace muchos meses por eso la pantalla se encontraba plomiza,  la correspondencia  de tiendas comerciales se había acumulado en cantidades sorprendentes, tal fue así que tuve dificultad al  salir de mi casa cuando fui a  comprar  más cigarrillos. Mis planes a corto y mediano plazo se habían  postergado por la dejadez. Le di un largo sorbo al vaso, mis pensamientos quedaron  sin coherencia, me miré al espejo,  vi mi rostro de un lado y luego del otro, parecía tener más edad, lucía ojeras y barba desordenada.  Ahora solo vivo el presente y no disfruté mucho de la vida. Libros y más libros  me hacen olvidar de las responsabilidades y de la realidad. Charles Bukowski aplaudiría lo mencionado,  pero lo más probable es que no se de cuenta o  no le importe en lo más mínimo lo que sienta.

Nuevamente le di una  calada profunda al cigarro y bebí dos sorbos grandes de whisky, música de fondo:  Tom Waits. Mi  cerebro se fue acomodando, implorando  libertad y felicidad. Sensaciones se van mezclando con la realidad y se fusionan con mis pensamientos liberales, la música me acompaña de una manera diferente, ésta me hace olvidar mi soledad, me da fuerzas para hacer lo que me gusta: estar en  libertad. Ahora es lo que necesito y lo que siento. Mi desorden interno refleja lo que veo a mi alrededor, pero ya no me importa.

De un momento a otro la tos desaparece, un hormigueo  y una frescura por la parte baja de mi cabeza se va adormeciendo, los ojos los  voy sintiendo pesados, y la piel de mi cara se va pegando más y más. Lleno el vaso de whisky, es uno de 18 años que encontré debajo mi cama, siento relajamiento, estiro mis piernas y pateo unos cables. Se apagó todo lo que tenía al frente. Di dos sorbos  más y prendo un cigarro, lo trato de devorar, ahora lo disfruto más, hago un submarino y me divierto, me atrevo a subir el volumen, me olvido de lo que estaba pensando, me olvido de lo que escribía, no tengo  preocupaciones, tomar no es bueno, hace daño a la salud, eso es lo que dice en la botella, arranqué la etiqueta y me sentí  mucho mejor. Poder ser libre.

Decálogo del Escritor (Augusto Monterroso)

 

monterroso

Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: “En literatura no hay nada escrito”.

Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

 

El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.

Cara o sello


06-04

 

Me encontraba en un bar del centro, sentado solo y deprimido, entre cafés, cervezas y cigarros. Miriam estaba sentada atrás mío, no se había dado cuenta de que estaba yo allí. Olía su perfume frutado, el mismo que usaba cuando la conocí. Quería voltear y poder mirarla, pero algo me detenía, miraba mi lasagna, la cortaba y la revolvía con el tenedor sin poder probar bocado. Jugaba con la comida y recordaba la última vez que la vi, hace ya más de 4 años, sus ojos grandes y negros llenos de lágrimas, su pequeña mano apretaba fuertemente mi mano en aquel entonces, la luz gris de la luna iluminaba su rostro  y podía ver como sus  lágrimas le recorrían sus mejillas. Solo le dije adiós, no quise volver a estar más con ella, aquella vez  llevaba  una falda corta que  me llamó mucho  la atención,  ella lloraba con la cabeza gacha y yo trataba de verle lo que sus muslos escondían,  me perdía en el vértice del interior, era su zona más oscura. Quería acariciar sus piernas, pasar mi mano y tocarlas con fuerza, recorrer su figura y delicadas curvas hasta llegar al olor de mujer. Pero no lo hice.

-Señor le retiro el plato- dijo la mesera viendo que no avanzaba con la comida.

-Si por favor, además quisiera otro café -hablé en voz baja para que no me escuchara ya que la tenía muy cerca.

Me trajo el café, el aroma se mezclaba con el humo del cigarro, pues si,es una combinación perfecta.  Extrañaba poner mi nariz en su cuello, quería jugar  con ella,  olerla  por todos lados, para luego pasarle la lengua por el mismo lado justo detrás de la oreja, ella no resistía a aquello y cuando lo hacía  su  piel se erizaba y los dedos del  pie  los doblaba, quería zafarse  de esa sensación pero a la vez le gustaba, pues sí,  a mí también. Al final lo hacíamos,  donde ocurriese y  no nos importaba nada.

Cogí una moneda de mi bolsillo y le di vuelta en la mesa.

<< Si sale “cara” me acerco  a Miriam y  la saludo>>

La moneda comenzó a girar  tan fuerte que no era perceptible, parecía una sombra o un espectro que pronto desaparecería.

Mientras daba vueltas la moneda, recordé cuando caminábamos bajo la luz de la luna, andábamos ebrios y   riéndonos de la nada.  Yo con la camisa afuera y  ella con los zapatos en la mano, nos tropezábamos por lo tanto que habíamos tomado, a veces tomábamos vino helado y otras veces comprábamos un paquete de seis cervezas que los completábamos con seis más.

Después de la caminata, nuestros cuerpos buscaban un lugar oscuro para abrazarnos, nos teníamos cerca, ella se sobaba para  sentir mi sexo y se pegaba mucho más a mí, yo la abrazaba, e iba bajando mis manos por su espalda hasta agarrarle el culo, le pasaba  algunos de mis dedos entre sus nalgas, sentía el tamaño de su ropa interior, algunas veces era diminuto y eso me alocaba más, la sujetaba fuertemente para sentirnos más pegados. Muchas  veces no nos percatábamos de las personas que teníamos alrededor, nos olvidábamos del mundo, solo estábamos los dos, delante de mucha gente. Terminábamos sudando y gimiendo, exhalando y respirando fuertemente.

-servido señor-dejó un café americano humeante.

Agradecí a la chica por  la rapidez en la atención, mientras yo  volvía a la realidad,  nuevamente  me encontraba en el bar.

La moneda seguía girando en la mesa, pero con menor fuerza. Ésta ya no giraba en el centro de la mesa,  se estaba acercando al borde. Luego cayó, pero no se detuvo,  siguió un trayecto extraño,  recorriendo todo el salón del bar,   pasó por debajo  de dos mesas y perdiendo su rastro, había apostado conmigo mismo pero no sabía el desenlace.

La mesera muy atenta vio lo que había sucedido, y con un gesto  a la distancia me comunicó que una vez que limpiara la mesa me alcanzaba la moneda.Le sonreí.

<< Esperaré que la mesera  me traiga la moneda y que  la ponga en la mesa y si sale “cara” queda en pie mi apuesta y le hablo a Miriam>>

Prendí un cigarrillo, y un señor con traje blanco se acercó a un gran piano  y empezó a tocar boleros.

Me comencé a impacientar, guardé las cosas que tenía en la mesa y me paré, sentía la energía de ella atrás mío, y me senté nuevamente, mi café estaba frío. La mesera aun no limpiaba la mesa.

<< La moneda debe estar mostrando el lado correcto, pero, ¿por qué debería todo jugarlo al azar? ¿A caso ya no pasó el tiempo suficiente para poder conversar de una manera habitual? O tal vez,  ¿habíamos dejado un libro abierto? ¿aún Miriam y yo teníamos algo pendiente? ¿Aun existirá el amor?>>

La mesera se asomaba por una puerta secando unos vasos, le hice una seña con la mano pero no me llegó a ver.

No quería levantarme de mi sitio porque tenía miedo  que me reconociera, no sabría que decirle en ese momento,  prendí otro  cigarro, no me atrevía a voltear, quería esperar para que la moneda decida esta vez, yo no tomaré la iniciativa, será la moneda quien me indique que decisión tomar, he sufrido  mucho en todo este lapso que no hemos estado juntos, no quería  una vez más malograr mi vida, tomando decisiones incorrectas, todo lo hice mal, automáticamente le endosé todas mis decisiones amorosas a la moneda.

<<Si sale “cara” le hablo, si sale “sello” continuo mi vida sin ella.>>

Se escucharon aplausos, el señor de traje blanco se paró del pequeño banco y estiró su mano  llena de brillantes sujetando una copa de vino agradeciendo al público.

La mesera salió de  la cocina, tenía  una falda muy corta, pero yo  no lo había notado por el nerviosismo, tenía muslos y pantorrillas gruesas tales como me gustan, caminaba sexy  moviendo el  moño que le sujetaba el cabello  de  lado a lado mientras miraba cada una de las mesas, los senos les saltaban,  parecían querer salirse de su tremendo escote, tenía una figura maravillosa.

Luego la tenía al frente mío,  su mano parecía  delicada y sus  uñas eran  perfectas,  soltó la moneda en mi mesa  tapándola con la mano, me miró a los ojos y pude ver en ellos un color y un brillo que nunca olvidaré. Además me regaló una sonrisa.

-¿Le traigo la cuenta señor?-dijo mordiéndose los labios carnosos y rosados.

-Si por favor- dije,  ya sin importar lo que tenía debajo de su mano.

Olía agradable,  una fragancia dulce o algo parecido, y de eso  tampoco me había percatado.

La moneda ya se encontraba encima de la mesa, pero no quería ver el lado  en el que  había salido. Levanté la mirada y veía  como la mesera movía  las caderas, sus muslos eran  blancos y grandes que lo cubría una diminuta falda cuadriculada de color verde y marrón, a lo lejos se perdían entre las mesas  del bar.

Hasta que por fin me dio curiosidad, bajé la mirada y  me acerqué a ver la moneda  para saber mi destino…

En el frió de la noche, estuve  cerca de tres horas sentado  en la calle,  con una cajetilla de  cigarros y una botella de ron,  para  esperar la salida de  esa mujer que  movía el moño de lado a lado.