Frustración

lentes

 

 

Justo hoy me sentí raro, una corazonada me desarmó por dentro, así que caminé más rápido. Inconscientemente comencé a contar los pasos que estaban sincronizados con los latidos de mi corazón. Me dirigí a la primera estación del metro. El bullicio era ensordecedor. Buscaba protección entre la multitud. Me sentí más seguro al ver a mi alrededor personas de edad que podrían auxiliarme si es que me desvaneciera. Ingresé inmediatamente a la línea Uno del metro sabiendo que no me encontraba del todo bien. Pues ahora tenía mareos y nauseas. Así que me postré en el último asiento del metro. Asenté la cabeza en mi bolso  y me dormí.

Salí de la estación  apresuradamente y con un fastidio en los ojos. Caminé por un pasaje lleno de árboles de mediana estatura, sus ramas y hojas iban  golpeando  mi rostro. Pero nada me detenía, caminaba esquivando más ramas y peatones que zigzagueaban también evitando ser atrapados por los árboles. Al Fin encontré la Editorial, ingresé por una pequeña puerta al lado del gran edificio plomizo. Subí  una escalera  sin pasamanos que parecía terminar en el cielo. En el trayecto me encontré con la secretaria que, enmudecida y con una mirada indiferente, me saludó, solo asentí con la mirada y seguí subiendo aterrado, cargado  ahora de desgano y pánico para llegar a la oficina de los editores que me esperaban para darme una respuesta. La puerta estaba entreabierta. Empujé lentamente y metí primero mi cabeza. Los editores ya se encontraban ubicados en una gran mesa de madera. Pedí disculpas y me senté.

El temor me invadió nuevamente, empezaron a transpirar mis manos, las piernas se movían por debajo de la mesa y aprovechaba cualquier distracción para  limpiarme el sudor de las manos en mi pantalón. Percibí cómo mis labios temblaban y vibraban apresuradamente al momento de poder responder las preguntas que me hacían. Ya no quería estar ahí. El Editor que estaba al frente mío me ofreció un vaso con agua del cual no quedó nada en primer instante que lo acerqué a mi boca. Pensé:<<Esto no es para mí>>

Me hicieron varias preguntas sobre el texto, pero no supe responderlas, o mis respuestas no eran objetivas. Ellos se miraban entre sí, y pareciesen hablar con los ojos, un idioma que no encontraría hasta ahora traducción. Tomé un poco de aire, tragué saliva sin saber a qué se debía mi estado de intranquilidad, sabía que  mi futuro  como escritor pendía de un hilo. Me sentía desconfiado, inquieto y desanimado, posiblemente se debía a algunos traumas en el núcleo de la familia, recordé cuando mi padre no ganó un concurso de poesía en la universidad. Esto lo marcó de por vida. Tanto lo afectó que regaló todos los libros que tenía de su pequeña biblioteca en casa.

En ese preciso instante mientras revisaban mi texto pensé: <<Nunca hago bien las cosas, cada vez que me propongo algo y  a pesar de mi esfuerzo, no lo consigo. Uno de mis sueños es ser escritor, pero aún no estoy preparado. Me da mucha cólera que a la gente no le guste lo que escribo. Estoy demás aquí, no debí venir nunca. Tendré que regalar  también mi biblioteca, odio ser yo, odio a mi padre>>.

El editor que tenía al frente, uno de los más reconocidos del medio, que había trabajado y corregido  textos de grandes autores como Emiliano Robles, o como Guillermo de las Casas, hojeaba minuciosamente cada una de las hojas del Texto. Parecía ser un juez que condenaría mi libertad de por vida. Levantaba lentamente la montura  de sus lentes con su índice derecho y a la vez simulaba mostrar negación a lo que observaba con detenimiento: cada párrafo, frase, palabra, o cada letra. Con la otra mano sujetaba la hoja y la hacía crujir al momento de pasar de página, mientras que mi transpiración empezaba a aparecer en mi frente y manos.

Luego de  la revisión  del texto  por parte del editor que tenía al frente, éste le comento algo a la otra persona que tenía al lado, un hombre mayor  de cabello ralo y cano que vestía de tinterillo. Lucía una camisa tan amarillenta como las hojas de mi cuento. Observaba cada una de las hojas garabateadas y movía la cabeza en sentido de negación. La metió en un sobre blanco. Agradecieron por el tiempo. Salieron conversando y me dejaron sólo.

En ese instante quise llamar a mi madre para no sentir más angustia y soledad, quería ser escuchado, manifestar que también me había equivocado con respecto a mi vocación, decirle que en mi prematura edad tenía ya tatuada una frustración como la de  mi padre. Quería un abrazo que proteja mis emociones, mi dolor, mi llanto. Pero no lo hice. Sufrí acompañado con mi dolor, mi soledad y mi tristeza. Cerré lentamente los ojos  y mi pensamiento se alejó de la realidad. Sentí que mi alma se desprendía,  y ocupaba un lugar lejos de mí. Vi a mi difunto padre  a lo lejos y me metí en él. Pude percibir lo idéntico que éramos y lo entendí, a pesar de que nunca lo conocí. Comencé a tener mucho frío y a la vez mi corazón se excitaba por la sensación de estar dentro de él, como nunca lo hice. Luego salí de su cuerpo, pero mi alma ahora brillaba, ya no estaba dentro de él sino al costado, como una sombra. Su cuerpo poco a poco se desvanecía hasta que lo deje de ver. Abrí los ojos y una luz me obligó a cerrarlos nuevamente; vi una silueta muy parecida a la que alguna vez me cargó en brazos cuando tenía meses de nacido. Pude ver por primera vez su rostro muy parecido al de mi abuelo, y escuché una voz muy familiar que  me dijo “Rubén, despierta”.

Abrí  nuevamente los ojos. Estaba asustado y temblaba. No sabía dónde había estado. La secretaria  me toco el hombro  y me hizo pasar a la oficina del editor. El miedo y la intranquilidad habían desaparecido, sentí  mucha paz; no me importó lo que pasaría luego con respecto a mi carrera de escritor, me sentía afortunado por haber visto a mi padre.

Regresé a casa para contarle la experiencia a mi madre, quería abrazarla, y que me cuente más sobre mi padre. Tuve la confianza de enseñarle el cuento que había presentado y lo mal que me había ido en la reunión con los  editores, cuando  de pronto veo a mi madre con lágrimas en los ojos mientras leía cada una de las hojas de mi trabajo. Se retiró los lentes y me mostró la última hoja  de mi manuscrito en el cual pude  visualizar  un sello grande y rojo que decía: “Lista para imprimir, Aceptada.”

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