Celebración para pocos

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Quedan pocos minutos para que finalice el año. Pero yo, Cristine, tengo el cañón de una Smith & Wesson calibre 38 en la sien, el corazón da botes en mi pecho. Pareciera salirse. Siento un frío sepulcral que recorre lentamente hasta quedarse anudado en la garganta. Miro de reojo hacia el arma  y  en el cañón plateado se refleja mi rostro distorsionado y pálido. Paso saliva pero me cuesta obtenerla por la sequedad instalada encima de la lengua. Desespero. Quedo inútilmente inmovilizada. Cierro los ojos. En esa oscuridad que sólo me pertenece, visualizo a mi pequeña Valentina. Ella renace de las sombras para mostrar una sonrisa. Inmediatamente se entristece y llora. Estira su mano hacia mí y le puedo leer los labios que me dice: <<Mamá>>. Abro los ojos. Una lágrima empieza a caer por mi mejilla. Siento  todo su recorrido por el cauce de mis arrugas y se interrumpe antes de llegar a mi boca. Pero hago un pequeño movimiento para poder ingerir su consistencia salada. Trato de hacer un movimiento, pero todo resulta en vano. La punta del cañón la siento hervir, mis minutos ya están contados. Quedarán sólo segundos. Respiro profundo. Cierro los Ojos. Una ráfaga de cohetes  y ensordecedores bombardas invaden la cuadra, el cielo se ilumina de colores, es un nuevo año. Algarabía, felicidad y esperanza para todos, menos para una niña de 8 años llamada Valentina que agarraba con sus pequeñas manos a su madre tendida en el suelo.

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