Página en Blanco

 

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No creo poder vivir sin escribir. Exactamente hace más de un año,  compré un cuaderno rayado de cien hojas y un lapicero de tinta liquida. <<Ahora si soy escritor>> pensé.  Tuve la intención de crear Pre-Textos, textos,  Pre-relatos y relatos,  pero lo único que  pude inventar o crear fueron  diferentes pretextos para no escribir. Todo esfuerzo en ese tiempo resultó en vano. Las cien hojas de aquel cuaderno aún continúan en blanco.

Cambié de estrategia. <<Debo usar nuevamente el computador>>. Pero me costaba demasiado sentarme frente a él y era casi imposible dedicar  un poco de  tiempo para escribir. Así que al mes, volví al papel. <<Necesito  un buen lugar, algo como un café o un bar>>reafirmé.  Elegí el  bar más lejano de donde vivía.  Me ubiqué en una mesa del centro del lugar. Pedí un café con licor, obviamente para experimentar una sensación diferente. Apenas decidí  escribir , me  distraje con las personas que entraron  al bar, parecían poetas, vestían como poetas, hablaban como poetas y pedían tragos para poetas: << Quiero ser como ellos>>. Me sentí como un tonto. Cerré mi cuaderno. Jugué con mi lapicero dándole vueltas en la mesa y  pedí la cuenta. Nunca más volví a ese bar.

Regresé  al computador. Abrí la aplicación de  Word y una pantalla inmensa en blanco  me acompañó  toda la mañana. Giraba la cabeza de lado a lado sin querer mirar la pantalla, trataba de encontrar algo que ni siquiera buscaba. Miraba cada uno de los estantes llenos de libros que leí alguna vez: de Kafka, Vargas Llosa, Bolaño, Gabriel García Márquez, Juan José Millás, Carlos Ruiz Zafón, Julio Ramón Ribeyro, entre otros tantos que desde esa posición  no podía distinguir de quienes eran. Tomé algunos, los hojeé, acaricié y  olí. Los volví a contemplar. Pasé mi indice por todos los lomos de cada estante.

<<¿Algo más? >> me dije sin saber responder.

La  pantalla  blanca me miraba y yo a ella. El cursor aparecía y desaparecía,  empezaba a inquietarme.  Comí unas semillas de Girasol que me quedaron de la noche anterior y me serví un café. Prendí un cigarrillo. Fumé dos más. Me puse a escuchar música, mientras observaba la página en blanco de mi computador, seleccioné una de las últimas canciones de Bob Dylan, Duquesne Whistle del álbum Tempest. Cerré los ojos,  y me dejé llevar por la letra, solo me dejé llevar…

Algo inexplicable ocurrió, sentí que de mi columna vertebral se desprendía una luz blanca, ésta trepaba por cada una de mis vértebras iluminando todo mi interior, una luz blanca y potente se proyectaba desde mi cabeza, apareciendo  imágenes en blanco y negro,  poco a poco se pintaron de todos los colores. Para luego juntarse con otras más y empezaron a girar en mi mente moviéndose de manera  continua convirtiéndose las imagines  en video.

Abrí los ojos y estaba  en una calle de Nueva York,  estaba apoyado en un  Dodge azul antiguo  estacionado al borde  de un parquímetro. Vi  a un hombre que hacia lo imposible por conquistar a una chica muy hermosa, mostrándose en momentos adorable pero otros no tanto. Él la  trataba de enamorar. Pero ella mostraba resistencia. Era muy bella. Delgada y perfumada, su aroma quedó asentado en el lugar donde me encontraba, caminaba apresurada moviendo sus delgadas caderas cubiertas por un claro vestido floreado,  tenía piernas justas de muñeca. Me miró de reojo con sus ojos azules como el mar pero se volvía torrentoso por la persecución. Sentí que me quería decir algo. Comencé a caminar para ayudarla. Traté de no perderla de vista. Aceleré el paso. Corté camino por diferentes calles  para llegar a ella lo más pronto posible. No podía alcanzarla. Sentí un momento que no debía seguirla. Pero lo que vi en sus ojos fue: Ayúdame. Iba tras ella, pero el chico de chaqueta de Jeans corría muy rápido. Vi a un Policía que dirigía el tránsito. Estaba distraído y con el silbato en la boca, no se percató para nada  de lo que ocurría en ese instante. Me acerqué  y le pedí ayuda. El me respondió en inglés a pesar de que le había hablado en español. Y nos entendíamos. <<Un mundo perfecto>> pensé.

Comenzamos a correr. Queríamos ayudarla. <<Yo soy el indicado. Yo seré su salvación, seré quien la enamore y conquiste su corazón. La amaré. Le diré cosas hermosas al oído. No le regalaré rosas robadas. Las cortaré de mi propio jardín. La miraré a sus ojos claros y la besaré>>  El policía se resbaló  y cayó. Lo dejé  muy atrás. No se cómo lo logré  pero la alcancé. La agarré del brazo. La miré…Y dejó de sonar la canción.

Estaba en mi habitación. Sudaba y mi respiración estaba agitada.

¡Dios mío!

Respiré profundo. Y me demoré en expulsar el aire. Me toqué el pecho y mi corazón aún estaba exaltado.

<<Que tal experiencia >>pensé.

Abrí nuevamente la aplicación de Word, mientras  observaba su  blancura,  desolada y abandonada página,   empecé a escribir este relato sin parar. Envuelto de tantas  emociones pude  mirar, oler, respirar, sentir y escuchar con tan solo mover los dedos en el computador… Cerré los ojos y  mientras editaba este texto, dentro de mí, escuché a lo lejos… <<Listen to that Duquesne whistle blowing Blowing like she’s blowing right on time (Escucho el silbido del tren de Duquesne, soplando como si estuviera soplando justo a tiempo)>>… la experiencia del arte…la maravilla de la literatura.

Adrián

Adrian

Ahora que soy escritor,  graduado del Instituto de Miraflores, puedo contar sobre algo que he mantenido  en silencio varios años en mi vida. Muchos escritores tenemos facilidad para contar historias de ficción, pero a veces la realidad nos sumerge y nos opaca del sentido de la vida. Salimos a flote  con  fuertes manotazos que muchas  veces quedamos sin aliento y  convivimos con personas, que las ignoramos,  éstas son tragadas por la tierra como si fueran un objeto insignificante, como un alfiler o una aguja.

———

-Nos vemos mañana, no se olviden de leer Ulises de  Joyce, se tomará el último examen, -dijo el profesor de literatura. Todos nos despedimos de él y salimos del Instituto. Menos Adrián. Salió solo, sin despedirse de nadie. Con la cabeza gacha y triste. Sus relatos no eran muy buenos. Pues tenía la más baja nota del salón. Era un chico raro y muy callado. No tenía amigos en el salón.

Adrián era el menor de la familia, siempre vivió con su madre en Chilca, un pequeño pueblo a 6 kilómetros  del balneario de Pucusana, a pocos kilómetros de Lima. La madre era una señora robusta, que había sacado adelante a sus 3 hijos. Tenía un puesto en el mercado Modelo del pueblo, se dedicaba a vender hierbas medicinales. Las pocas enfermedades que ocurrían en el pequeño balneario eran curadas por ella.

Mientras que su padre, un hombre sexagenario, toda su vida se dedicó a la pesca. Tenía una pequeña embarcación con nombre “la Esperanza”. Cuando  no salía a la mar, se quedaba en su casa  donde recibía la visita de varios pobladores para que les leyera las cartas, realice amarres, adivine el futuro y produzca infortunio, enfermedades o cualquier otro tipo de daño. Su casa estaba situado a la espalda del cementerio de Pucusana en el AAHH Cerro Colorado, muy cerca del desvío a Chilca.

Adrián, siempre tuvo vergüenza sobre sus orígenes y también estaba avergonzado de sus padres. Por tal motivo  siempre nos mentía. Cuando le preguntaban donde vivía el respondía: En Miraflores, (un barrio exclusivo de Lima). Y cuando le decían para ir a su casa, siempre pondría alguna excusa para evitar ser descubierto.

También quería ser escritor. Siempre andaba con libros y aprovechaba cada momento para poder leer. Todos los días sacaba un libro de la biblioteca y lo leía mientras se dirigía a su casa, bastaban dos días para terminar  de leer un libro de 300 páginas.

Esa noche, saliendo de la escuela,  tuvo vergüenza de pedirnos dinero  para su regreso a casa, a 60 kilómetros de distancia, así que tuvo que pernoctar en el parque Reducto, situado solo a tres cuadras de donde estudiábamos. Él acostumbraba  siempre  leer en una banca mientras disminuía el tráfico de la avenida Benavides, pero esta vez no tendría ese problema, se refugiaría ahí mismo  y pasaría la noche bajo la misma  banca.

Una vez instalado en la banca. Usó el libro de almohada y  mientras dormía, algo le cayó en su cara que se despertó de inmediato. Estaba muy asustado. Se limpió  temblando y  entre los arbustos se escabulló un bicho. Le dio tanto susto el insecto que arrancó el llavero que colgaba de su mochila con el escudo de la municipalidad de Pucusana  y se lo tiró para matarlo. No tuvo buena puntería. No pudo dormir más. Guardó el libro dentro de su mochila y comenzó a caminar para refugiarse en un pequeño museo situado en el mismo parque.

La puerta del  Museo estaba entreabierta, la única luz que iluminaba su interior era la del alumbrado eléctrico, ya que a las 10 de la noche el guardián del parque siempre bajaba la palanca de iluminación dejando a oscuras todo el Parque.

Empujó lentamente la puerta y en una mesa yacía un niño. Vestía  con uniforme de colegio, medias hasta las rodillas, tenía zapatos muy brillosos con los pasadores desamarrados,  lucía una chompa azul con una insignia en el pecho de un colegio que lleva dos corazones juntos. De la mano le colgaba un rosario perlado que se movía como péndulo.

Se acercó lentamente para ver si el niño se encontraba bien, pero este no tenía ojos, estaban cocidos con hilo negro. Al borde de la mesa brillaba una aguja y un carrete de hilo del mismo color.

Adrián  miró a ambos lados. Sabía que se encontraba en peligro. La puerta rechinó, y del fondo del lugar se escucharon pasos que se acercaban a él. En su desesperación dejó la mochila. Saltó por la ventana dando un golpe a una maceta que cayó haciéndose trizas.

A pocas horas, antes de amanecer, la madre de Adrián llegó a Lima, tenía que entregar un brebaje para su hermana que se encontraba con problemas depresivos. Ella había hecho un preparado de yerbas andinas y sales medicinales que las filtraba de las lagunas de Chilca. Estuvo esperándola en el paradero del bus como habían acordado. Pero nunca llegó. Tuvo una corazonada. Cogió sus bolsos y enrumbó en busca de su hijo.

-Quisiera hablar con  Adrián Gonzales, soy su Madre-le dijo al vigilante del Instituto.

– ¿De qué ciclo es su hijo?-sacó un gran listado de alumnos.

-es del cuarto ciclo, Adrián Gonzales-repitió.

-Gonzales,…, Gonzales, no señora aún no ha llegado-buscando con su índice torcido en el listado.

La madre cerró su mano haciendo un puño y se tapó la boca. Entró en desesperación, pero a la vez se tranquilizaba. Caminó  por una larga vereda  en busca de un teléfono público, llegó a un parque  y en la puerta de un museo pidió prestado un teléfono. Llamó al padre de Adrián. Pero no contestaba. Una vez más, sintió intranquilidad. Se sentó en una pequeña banca, dejó a un lado sus bolsos y en el piso  vio un objeto que brillaba. Lo recogió y era un llavero de la Municipalidad de Pucusana. Se paró de golpe. Cogió sus cosas. Se desesperó. Paró al primer Taxi y se dirigió en busca del Padre de Adrián. Pegó la cabeza en la luna del auto y el paisaje lo veía distorsionado por el llanto silencioso. Los casi 50 minutos de viaje, sentía una opresión en el pecho. Un dolor que se le formaba en la garganta, y terminaba en la boca del estómago. Solo ese  amor de madre podía contener ese dolor y desesperación, pero cada cierto tramo sus ojos no podían más. Al cerrar sus ojos, un torrente de lágrimas le despintaba el maquillaje. Suspiros y hasta arcadas le provocó la angustia. Se acordó del brebaje que tenía en uno de sus bolsos, tomó unos sorbos para disminuir lo que sentía en ese momento.

Al llegar a la casa del padre. Tocó la puerta y no había nadie. Entró por la puerta trasera, los perros ladraron pronosticando un momento terrorífico, por suerte se encontraban amarrados. Pudo entrar sin problemas.En el pequeño comedor  todo estaba revuelto. Había una  mesa llena de cartas españolas, con dos velas, una aún estaba prendida, hojas de coca  en cada una de las puntas de una estrella dibujada con tiza en el centro del mantel verde. Al acercarse soplo la vela. Su respiración era diferente. Se acercó al  lavadero y en su interior había un tazón lleno de agua turbia. Sumergió su oscura mano y entre sus dedos contuvo objetos gelatinosos y redondos que la miraban. Le provocó nauseas. Salió por donde entró y vomitó.

——–

Aun no se sabe nada  de Adrián, pregunto siempre a los compañeros que aveces frecuento en cafés,   pero nadie sabe dar razón de él. El vigilante del Instituto que aún sigue siendo el mismo,  nunca más lo vio. Me encontré con el profesor  del Instituto en un Café de la Calle Berlin la semana pasada.Le pregunté  si tenia novedades de Adrian, solo me comentó que  la semana de su desaparición un  policía de Miraflores le dijo  que  esa  misma mañana,  vieron correr de calle en calle  a un chico cogiéndose  la cara con las manos a la altura de los ojos, tocaba puertas, gritaba, pedía auxilio, pero más referencias no se la dieron.  Y Además, le comentó que  se habían acercado a la comisaria de Miraflores varios padres de un colegio que buscaban a sus hijos desaparecidos, dejaron fotos, pero  ninguna  era de Adrián.

Cuando me despedí del Profesor eran casi las 6:00 pm,  la penumbra ya se había  apoderado de la ciudad,  me daba vueltas la cabeza, sabia que  algo tenia que hacer ya no por mí, sino por alguien que nunca me importó, alguien que nunca fue mi amigo, así que comencé a caminar hacia el Instituto. Antes de llegar al instituto escuché sirenas de Patrulleros, me detuve por un instante y en el parque reducto se habían reunido muchas personas.Los patrulleros se estacionaban en los alrededores del viejo Museo, y sacaban bultos en bolsas plásticas, se me escarapeló el cuerpo y seguí caminando.Llegue por fin al Instituto. Un impulso me conectaba con el lugar. Sabia que un  libro tenia que cerrar. Bajé por las escaleras y me acerqué a la biblioteca y sin pensarlo dos veces pedí el libro: Ulises de Joyce.

Al abrirlo, tenía un separador de hojas en la página 233. Pero no era un separador convencional. Era un hilo negro con una aguja y toda esa página se encontraba llena de sangre, junto al hilo una carta española: Un 10 de espadas, que significa Muerte.

 

Frustración

lentes

 

 

Justo hoy me sentí raro, una corazonada me desarmó por dentro, así que caminé más rápido. Inconscientemente comencé a contar los pasos que estaban sincronizados con los latidos de mi corazón. Me dirigí a la primera estación del metro. El bullicio era ensordecedor. Buscaba protección entre la multitud. Me sentí más seguro al ver a mi alrededor personas de edad que podrían auxiliarme si es que me desvaneciera. Ingresé inmediatamente a la línea Uno del metro sabiendo que no me encontraba del todo bien. Pues ahora tenía mareos y nauseas. Así que me postré en el último asiento del metro. Asenté la cabeza en mi bolso  y me dormí.

Salí de la estación  apresuradamente y con un fastidio en los ojos. Caminé por un pasaje lleno de árboles de mediana estatura, sus ramas y hojas iban  golpeando  mi rostro. Pero nada me detenía, caminaba esquivando más ramas y peatones que zigzagueaban también evitando ser atrapados por los árboles. Al Fin encontré la Editorial, ingresé por una pequeña puerta al lado del gran edificio plomizo. Subí  una escalera  sin pasamanos que parecía terminar en el cielo. En el trayecto me encontré con la secretaria que, enmudecida y con una mirada indiferente, me saludó, solo asentí con la mirada y seguí subiendo aterrado, cargado  ahora de desgano y pánico para llegar a la oficina de los editores que me esperaban para darme una respuesta. La puerta estaba entreabierta. Empujé lentamente y metí primero mi cabeza. Los editores ya se encontraban ubicados en una gran mesa de madera. Pedí disculpas y me senté.

El temor me invadió nuevamente, empezaron a transpirar mis manos, las piernas se movían por debajo de la mesa y aprovechaba cualquier distracción para  limpiarme el sudor de las manos en mi pantalón. Percibí cómo mis labios temblaban y vibraban apresuradamente al momento de poder responder las preguntas que me hacían. Ya no quería estar ahí. El Editor que estaba al frente mío me ofreció un vaso con agua del cual no quedó nada en primer instante que lo acerqué a mi boca. Pensé:<<Esto no es para mí>>

Me hicieron varias preguntas sobre el texto, pero no supe responderlas, o mis respuestas no eran objetivas. Ellos se miraban entre sí, y pareciesen hablar con los ojos, un idioma que no encontraría hasta ahora traducción. Tomé un poco de aire, tragué saliva sin saber a qué se debía mi estado de intranquilidad, sabía que  mi futuro  como escritor pendía de un hilo. Me sentía desconfiado, inquieto y desanimado, posiblemente se debía a algunos traumas en el núcleo de la familia, recordé cuando mi padre no ganó un concurso de poesía en la universidad. Esto lo marcó de por vida. Tanto lo afectó que regaló todos los libros que tenía de su pequeña biblioteca en casa.

En ese preciso instante mientras revisaban mi texto pensé: <<Nunca hago bien las cosas, cada vez que me propongo algo y  a pesar de mi esfuerzo, no lo consigo. Uno de mis sueños es ser escritor, pero aún no estoy preparado. Me da mucha cólera que a la gente no le guste lo que escribo. Estoy demás aquí, no debí venir nunca. Tendré que regalar  también mi biblioteca, odio ser yo, odio a mi padre>>.

El editor que tenía al frente, uno de los más reconocidos del medio, que había trabajado y corregido  textos de grandes autores como Emiliano Robles, o como Guillermo de las Casas, hojeaba minuciosamente cada una de las hojas del Texto. Parecía ser un juez que condenaría mi libertad de por vida. Levantaba lentamente la montura  de sus lentes con su índice derecho y a la vez simulaba mostrar negación a lo que observaba con detenimiento: cada párrafo, frase, palabra, o cada letra. Con la otra mano sujetaba la hoja y la hacía crujir al momento de pasar de página, mientras que mi transpiración empezaba a aparecer en mi frente y manos.

Luego de  la revisión  del texto  por parte del editor que tenía al frente, éste le comento algo a la otra persona que tenía al lado, un hombre mayor  de cabello ralo y cano que vestía de tinterillo. Lucía una camisa tan amarillenta como las hojas de mi cuento. Observaba cada una de las hojas garabateadas y movía la cabeza en sentido de negación. La metió en un sobre blanco. Agradecieron por el tiempo. Salieron conversando y me dejaron sólo.

En ese instante quise llamar a mi madre para no sentir más angustia y soledad, quería ser escuchado, manifestar que también me había equivocado con respecto a mi vocación, decirle que en mi prematura edad tenía ya tatuada una frustración como la de  mi padre. Quería un abrazo que proteja mis emociones, mi dolor, mi llanto. Pero no lo hice. Sufrí acompañado con mi dolor, mi soledad y mi tristeza. Cerré lentamente los ojos  y mi pensamiento se alejó de la realidad. Sentí que mi alma se desprendía,  y ocupaba un lugar lejos de mí. Vi a mi difunto padre  a lo lejos y me metí en él. Pude percibir lo idéntico que éramos y lo entendí, a pesar de que nunca lo conocí. Comencé a tener mucho frío y a la vez mi corazón se excitaba por la sensación de estar dentro de él, como nunca lo hice. Luego salí de su cuerpo, pero mi alma ahora brillaba, ya no estaba dentro de él sino al costado, como una sombra. Su cuerpo poco a poco se desvanecía hasta que lo deje de ver. Abrí los ojos y una luz me obligó a cerrarlos nuevamente; vi una silueta muy parecida a la que alguna vez me cargó en brazos cuando tenía meses de nacido. Pude ver por primera vez su rostro muy parecido al de mi abuelo, y escuché una voz muy familiar que  me dijo “Rubén, despierta”.

Abrí  nuevamente los ojos. Estaba asustado y temblaba. No sabía dónde había estado. La secretaria  me toco el hombro  y me hizo pasar a la oficina del editor. El miedo y la intranquilidad habían desaparecido, sentí  mucha paz; no me importó lo que pasaría luego con respecto a mi carrera de escritor, me sentía afortunado por haber visto a mi padre.

Regresé a casa para contarle la experiencia a mi madre, quería abrazarla, y que me cuente más sobre mi padre. Tuve la confianza de enseñarle el cuento que había presentado y lo mal que me había ido en la reunión con los  editores, cuando  de pronto veo a mi madre con lágrimas en los ojos mientras leía cada una de las hojas de mi trabajo. Se retiró los lentes y me mostró la última hoja  de mi manuscrito en el cual pude  visualizar  un sello grande y rojo que decía: “Lista para imprimir, Aceptada.”

Celebración para pocos

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Quedan pocos minutos para que finalice el año. Pero yo, Cristine, tengo el cañón de una Smith & Wesson calibre 38 en la sien, el corazón da botes en mi pecho. Pareciera salirse. Siento un frío sepulcral que recorre lentamente hasta quedarse anudado en la garganta. Miro de reojo hacia el arma  y  en el cañón plateado se refleja mi rostro distorsionado y pálido. Paso saliva pero me cuesta obtenerla por la sequedad instalada encima de la lengua. Desespero. Quedo inútilmente inmovilizada. Cierro los ojos. En esa oscuridad que sólo me pertenece, visualizo a mi pequeña Valentina. Ella renace de las sombras para mostrar una sonrisa. Inmediatamente se entristece y llora. Estira su mano hacia mí y le puedo leer los labios que me dice: <<Mamá>>. Abro los ojos. Una lágrima empieza a caer por mi mejilla. Siento  todo su recorrido por el cauce de mis arrugas y se interrumpe antes de llegar a mi boca. Pero hago un pequeño movimiento para poder ingerir su consistencia salada. Trato de hacer un movimiento, pero todo resulta en vano. La punta del cañón la siento hervir, mis minutos ya están contados. Quedarán sólo segundos. Respiro profundo. Cierro los Ojos. Una ráfaga de cohetes  y ensordecedores bombardas invaden la cuadra, el cielo se ilumina de colores, es un nuevo año. Algarabía, felicidad y esperanza para todos, menos para una niña de 8 años llamada Valentina que agarraba con sus pequeñas manos a su madre tendida en el suelo.

La apuesta

 

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Edson, un abogado reconocido y muy  aficionado a las apuestas, bebía  de noche y de día, apostando todo lo que se le venía en mente. Una noche  luego de un encuentro con colegas llegó a su apartamento acompañado.

No creo poder beber más. Suficiente por hoy. Tomé de golpe  todo el vaso con whisky  y le dí una calada  a un ducado. Quedé tendido en la alfombra roja de  mi  penthouse del sexto piso  del edificio, con el brazo extendido y sujetando el vaso vacío. Una mancha negra  se fue dibujando en la alfombra.

El chillido de una bisagra me despertó, la ventana de la sala donde había estado bebiendo se encontraba entreabierta, la cortina se inflaba levantando las páginas de unas  revistas y periódicos que estaban sobre una mesita y las sujetaba un vaso lleno de whisky.

Me levanté con dificultad. Sentía un gran dolor por el vientre. No recordaba nada de lo que hice en la noche. Me dirigí al baño para orinar mientras trataba de acordarme con quien había estado bebiendo. Pateé un bolso de donde cayó un manojo de  6 llaves muy parecidas a las de mi apartamento. Puse un ducado en mis labios mientras desajustaba la correa. Lo hacía con cuidado por el dolor que sentía. Con un poco de esfuerzo pude desajustar la hebilla y me bajé el pantalón lentamente mientras  veía mi rostro reflejado en el agua del inodoro. Gemí un poco. Mi calzoncillo tenía una gran  mancha de sangre. Me sorprendí y me dolió más. Sonó el timbre y rápidamente a pesar del dolor me subí el pantalón y caminé con dificultad para abrir la puerta. En el trayecto se me cayó el Ducado y de reojo observé un papel toalla  envuelto que chorreaba sangre. Me agaché lentamente ya que el dolor se intensificaba. Levanté el papel y dentro de él había un objeto carnoso del color de mi piel ensangrentado y lleno de vellosidad.

Un grito seco  estremeció  todo el edificio. Los propietarios asustados empezaron a bajar piso por piso, se acercaron a recepción y el conserje con manos temblorosas marcaba el número de la policía mientras buscaba las llaves del edificio.